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aletheia

Alḗtheia , es el concepto filosófico que se refiere a la sinceridad de los hechos y la realidad. Literalmente la palabra significa 'aquello que no está oculto, aquello que es evidente', lo que 'es verdadero'. También hace referencia al "desocultamiento del ser".Sueño con un espacio en donde se permita el encuentro de las personas, sean efímeros o importantes, por casualidad o por necesidad, donde se expresen ritmos, figuras, frases o aquello que realmente son , un discurso sabiamente elaborado , dirigido a un alma para que esta la cumpla, y que solo el alma capta a lo largo de esta vida .

De Memoria

Sobre la educación popular:

Mandar recitar de memoria lo que no se entiende, es hacer papagayos. Enseñen a los niños a ser preguntones, para que se acostumbren a obedecer a la razón: no a la autoridad como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos. Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra.

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Porque nos descubrimos indefensos?

Una mañana con una espesa niebla no podía mas que acompañar este extraño día el cual nos despierta nuevamente con el miedo que golpea nuestra puerta. inútil hablar de la cronica, dela cual se encargan los medios que diferentes, en ciertos aspectos, imponen un único ,simple y repetido relato.

En tanto salia sobre el bus multi-etnico que nos portaba al trabajo buscaba de comprender aquello que resulta incomprensible, un señor hace señas al conductor, frena abre la puerta y sube, todos nos miramos y es allí donde el miedo asoma, como la fiebre cuando estamos engripados. El miedo es un síntoma difícil de disimular.
El ser humano basa la mayoría de sus razonamientos por asociación, entonces una persona con turbante con barba, rasgos medio orientales creyente de una religión que se confronta con la nuestra es para nosotros alguien a quien temer. Sin pensar que provocamos el mismo efecto, para ellos nosotros aunque sin barba, con rasgos occidentales y pensamientos lleno una supuesta libertad cultural, producimos a ellos la misma sensación de temor.

Desde que se sabe de la existencia del ser humano este se ha confrontado con diferentes agentes que le provocaban temor, dolor , ansia , miedo , terror y de las cuales a través de la evolución fue encontrando los antídotos para protegerse, de la lluvia o del ardiente sol se protegía en las cuevas, del frió se cubrió con pieles, de los animales peligrosos aprendió a construir armas , que utilizo para procurarse la subsistencia. Se confiaba de los que componían su entorno, Inconscientemente sabemos que estando en grupo, en sociedad, nos da seguridad , nos da tranquilidad, nos sentimos protegidos.

En las diferentes épocas que marcaron nuestra evolución como raza, como entidad , estas fueran marcadas por también diferentes formas de sometimiento, el miedo es por excelencia el mas efectivo, el miedo nos bloquea, no nos permite razonar, no nos permite ser objetivos, ante un evento extraordinario,que viola nuestra sutil sensación de libertad,buscamos nos protejan ,nos guíen, porque simplemente descubrimos estar indefensos, no solo físicamente sino psicologicamente.
Y asi permitiremos venga realizado todo aquello sea necesario, que por aberrante sea, nos permitirá continuar a disfrutar de nuestro frágil modo de vivir.
Como protegerse del prójimo, del que esta a nuestro lado, de frente, como caminar sin mirar hacia atrás, aislarse, comunicar sin contacto, aislarnos, construir muros, discriminar, etiquetar, estereotipos, prejuicios, todos estos supuestos antídotos para combatir el miedo.

Errantes solitarios caminaremos, sin dialogo, sin mirarnos , sin expresarnos, nos dominan con el miedo, se alzan las banderas nacionalistas, se levantan mas muros, nos encerramos. Como protegernos del Miedo?.. como protegerse de un entorno, de una sociedad en donde se esconden personas que actúan de manera per fino, de un sospechoso odio irracional, que les hace cometer estos crímenes aberrantes sin hacer un mas mínimo guiño a su espíritu humano y en donde solo se busca el odio interreligioso, aquel que dio origen a todas las guerras.

La creencias que gangrenan el cerebro, que en el nombre de lo que no existe, de lo que no se ve, de lo que solo habita en nuestra mente nos lleva a los sentimientos mas repugnantes como el odio, la indiferencia que sin dudar , en la mentes ignorantes, llenas de superficialidad , provocan el insano objetivo que es destruir al prójimo no solo por su manera de pensar, sino por su manera de vivir, por su manera de existir.

No solo de una parte se invoca y se asesina en el nombre de algún ser supremo. Tambien se asesina por mantener, territorios, modelos de vida, riqueza, poder y estos se hacen en nombre de supuestos dioses que deberían inspirar amor y paz. Hay algo en esto que no cierra? Porque las religiones generan tanto odio, porque los grandes lideres religiosos profundizan el dialogo ,un dialogo el cual deberia ser cotidiano, porque nos dividen?. Porque?

Me encuentro inmerso cotidianamente en ambiente en donde se deben realizar razonamientos lógicos, es decir conociendo aquello a lo que deseamos arribar y con los elementos con los cuales contamos a disposicion nos procuramos de diferentes opciones y operaciones lógicas para alcanzar el tan ansiado resultado. Nada esta librado al azar, no se obtienen resultados por casualidad, nada es casual. Es por ello que considero que aquello que sucede, que nos sucede, sea terrible o fantástico es el resultado de una compleja y enorme combinación de operaciones que a veces realizamos sin darnos cuenta.
Un sistema sobrecargado de información, de datos, el cual no es capaz de procesar, al final colapsa.. y que hacemos?… no reducimos el caudal sino que buscamos con métodos alternativos fuera de nuestra humana posibilidad,de alcanzar asimilar aun mas, pastillas, drogas alcohol, liberar la mente para absorber mas..Así sucede con nosotros. Bombardeados diariamente de una lluvia de datos, hemos perdido la capacidad de análisis, hemos perdido objetividad, nos dan la información digerida para solo decir me gusta o no me gusta, y así despues de ver, aceptar que un perro haya vivido aislado, sometido, castigado, sin comer sin beber por mucho tiempo, cuando viene puesto en libertad y descargue todo su odio … culparemos sin ninguna duda al perro y nos olvidaremos de su verdugo, hasta ayer su carcelero.

Ernesto Oscar

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Las siete soledades de Nietzsche

por Manuel Fernández Espinosa – Siete purgaciones para un ateo

Si con exhaustividad tuviéramos que presentar todos y cada uno de los septenarios que podemos hallar en las más diversas tradiciones religiosas necesitaríamos un grueso volumen y, si hubiéramos de glosar cada septenario, mucho me temo que sería menester varios volúmenes. Es por ello que, en la presente exposición, se nos hará la indulgencia de ahorrarnos el meticuloso glosario que de esta cuestión se podría hacer. Hemos dicho tradiciones religiosas, puesto que lo son; pero aprovechamos para dejar constancia de que todo aquello que hoy recibe el nombre de cultura no puede aspirar a ser cultura con propiedad si prescinde de lo religioso. Parafraseando la veneranda fórmula que reza: “Extra Ecclesiam nulla salus”, debiéramos decir que “Fuera de la religión no hay cultura”. Es por ello que, ante todo fenómeno que pueda llamarse cultural, hemos de plantarnos convencidos de que, no por estar encubierta (e incluso estentóreamente negada, como ocurre en Nietzsche), deja de estar subyacente al fenómeno cultural una religiosidad de fondo. Se diría que cuando se arroja la religión por la ventana, la religión vuelve a entrar por la puerta trasera.

En todo fenómeno cultural (y el que constituye la figura y obra de Nietzsche lo es) alienta la religiosidad, por mucho que execre de las religiones institucionalizadas, por más que se gane la animadversión de los miembros de un culto religioso. Una de las mujeres que mejor conoció a Nietzsche, Lou Andreas-Salomé, lo supo ver con una extraordinaria clarividencia, cuando escribió en su diario, reflexionando sobre Nietzsche y ella misma, estos renglones que reproduzco:

“El fundamental rasgo religioso de nuestra naturaleza es nuestro común denominador, y tal vez se manifiesta en nosotros con tal fuerza porque somos espíritus libres en el sentido más amplio. En el espíritu libre, lo religioso no puede referirse a ninguna divinidad ni a ningún cielo fuera de sí mismo, en el que las fuerzas creadoras de la religión, como la debilidad, el miedo y la codicia, encontrarían su lugar. En el espíritu libre, la necesidad religiosa surgida a través de las religiones… puede retrotraerse sobre sí misma y convertirse en la fuerza heroica de su ser, en el impulso a la entrega a un gran ideal. En el carácter de Nietzsche hay un rasgo heroico, y éste es precisamente el más acusado, el que da cohesión a todas sus cualidades. Él será el precursor de una nueva religión y será una religión de héroes.”

Según Salomé, Nietzsche “será el precursor de una nueva religión y será una religión de héroes”.

A primera vista parecería que, 115 años después de la muerte de Nietzsche, el pronóstico de Lou Andreas-Salomé no se ha cumplido. El mismo Nietzsche se ocupó de negar que él fuese un “profeta” y, menos todavía, un “santo”. Pero, sin embargo, cuando tiene que explicar en “Ecce Homo” el estado en que concibió y redactó “Así habló Zaratustra” no puede por menos que declarar que esta obra fue escrita casi en un éxtasis místico por el cual su autor (el mismo Nietzsche) se convirtió en una especie de “medium de fuerzas poderosísimas”. Y sigue diciendo:

“El concepto de revelación, en el sentido de que de repente, con indecible seguridad y finura, se deja ver, se deja oír algo, algo que le conmueve y trastorna a uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos”.

Un mojigato diría que eso no pudo ser, tratándose de Nietzsche el Ateo, otra cosa en todo caso que una revelación luciférica, satánica, de signo demoníaco. Pero, a estas alturas, lo que los mojigatos dicen a mí personalmente cada día me importa menos. Lo que ahora me importa es asentar que Nietzsche puede haber declarado la “muerte de Dios” con todas las consecuencias morales que se quieran traer a colación, pero a la vez lo hallamos en dependencia religiosa. Y no sólo lo atisbó Salomé, el mismo Nietzsche se refiere a la composición de su obra en términos eminentemente religiosos: su inspiración es entendida en clave poco frecuente (“Ésta es mi experiencia de la inspiración; no tengo duda de que es preciso remontarse milenios atrás para encontrar a alguien que tenga derecho a decir “es también la mía”-“), comparándola con las revelaciones que se han registrado en la historia de la humanidad.

Por todo esto y más que podríamos añadir, no podrá ser considerado un despropósito afirmar que en la obra de Nietzsche cabe rastrear elementos que concuerdan con las constantes místicas de las tradiciones religiosas más diversas. Y uno de esos elementos es el enigmático e inquietante septenario nietzscheano que él mismo llama las “siete soledades”.

Las “Siete Soledades” no sería un tema que captara nuestro interés si esto hubiera aparecido al albur en cualquier pasaje de la obra nietzscheana, no volviendo a reaparecer más, puesto que -en ese caso- lo más atinado sería pensar que fue una ocurrencia pasajera que tuvo Nietzsche al acaso y que no tuvo la menor de las repercusiones ni para Nietzsche ni para su obra. Pero ocurre que las “siete soledades” aparecen y reaparecen en diversas obras de Nietzsche, por lo que es legítimo pensar que no sea algo accidental, sino ciertamente importante, siendo oportuno detenernos en ello para considerarlo como mínimo en su calidad de elemento que cumple sin ninguna duda alguna función en la articulación de todo el conjunto del pensamiento nietzscheísta.

En el parágrafo 285 de “La gaya ciencia” (año 1882) se nos presenta las “siete soledades”. También en el mismo libro, parágrafo 309, se alude en su título a ello: “Desde la séptima soledad”. En “Así habló Zaratustra” (escrito entre 1883 y 1885), las “siete soledades” se convierten en los “siete demonios” a los que se aluden en el discurso de Zaratustra de la primera parte, titulado “El camino del creador”: “Solitario, tú recorres el camino del creador: ¡con tus siete demonios quieres crearte para ti un Dios!”. Las siete soledades, los siete demonios, afloran de nuevo, ahora como “un séptuplo hielo” en los versos de “El mago” (Nietzsche también barajó la posibilidad de titular este capítulo como “El penitente del espíritu”, localizado en la cuarta parte de “Así habló Zaratustra”). Y hasta cierto punto, no se nos ha pasado, “Los siete sellos (o: la canción “Sí y Amén”)” de la tercera parte de “Así habló Zarastustra” también estaría relacionada con las siete soledades, pero dada su complejidad preferimos dejarla a un lado por ahora.

En 1888 las “siete soledades” son nuevamente convocadas en los “Ditirambos de Dionisos”, en concreto en dos de ellos. El primero en el titulado “La señal de fuego” en el que dice:

“Seis soledades conocía ya-,
pero el mar mismo no le fue bastante solitario,
la isla le permitió subir, sobre la montaña se tornó en llama,
de una séptima soledad”.

Y también en el titulado “Se hunde el sol”, vuelve a hablar de la “séptima soledad”.

En “Ecce Homo” (también del año 1888) la soledad, dice Nietzsche, tiene siete pieles: “La soledad tiene siete pieles; nada pasa ya a través de ellas. Se va a los hombres, se saluda a los amigos: nuevo desierto, ninguna mirada saluda ya”.

Como vemos, bajo los nombres de “soledades”, “demonios”, “hielos” (incluso podríamos añadir que “sellos”) y, hasta so capa de “pieles”, la experiencia de la soledad profunda, vivida como privilegiado ámbito de fecundidad creadora, adopta el tradicional septenario que hallamos en las más diferentes religiones, tanto como elementos hierofánicos (los siete arcángeles) como ritualísticos (la “sapta padi” de los hindúes), como devocionales (los Siete Dolores de la Santísima Virgen María). Ni que decir tiene que sería muy difícil pensar que Nietzsche estuviera con sus siete soledades refiriéndose a los siete arcángeles de las tradiciones religiosas del judaísmo, del cristianismo y de algunas sectas islámicas, todavía menos a los “siete dolores” de la Virgen María, pero lo que para mí es digno de hacer notar es el número siete, que se repite con insistencia en Nietzsche.

Hora es ya de ver cuales son cada una de esas siete soledades. Para ello no existe un pasaje que mejor las testifique que el parágrafo 285 de “La gaya ciencia”:

“¡Excelsior!- “No volverás a rezar jamás, no volverás a adorar, no volverás jamás a descansar en una confianza ilimitada; te negarás a detenerte ante una sabiduría postrera, una última bondad, una última potencia y a desenjaezar tus pensamientos: -no tendrás guardián ni amigo que te acompañe a todas horas en tus siete soledades: -vivirás sin una escapatoria hacia esa montaña, nevada en la cumbre, con fuego en las entrañas; no habrá para ti remunerador ni corrector que dé la última mano, ni habrá tampoco razón en lo que acontezca, ni amor en lo que te suceda; tu corazón no tendrá asilo donde no encuentre más que reposo ni tenga más que buscar! Te defenderás contra una paz última, querrás el eterno retorno de la guerra y la paz: -hombre del renunciamiento, ¿querrás renunciar a todo esto? ¿Quién te dará fuerzas para ello? ¡Hasta ahora nadie ha tenido esa fuerza!”. Hay un lago que un día no quiso desbordarse y construyó un dique en el lugar por donde se derramaba; desde entonces el nivel del lago se eleva cada día más. Quizás aquel renunciamiento nos dará la fuerza necesaria para soportar el renunciamiento; quizás el hombre se elevará más cada día desde el instante en que deje de desbordarse en el seno de un Dios”.

Atreviéndonos mucho, podemos ver que las siete soledades vienen a ser siete reducciones que nos llevan a una soledad absoluta, donde se ha rechazado la compañía del último que no abandona: Dios. En cada una de las soledades ha dado un rotundo “No” a Dios: se ha rechazado rezar, adorar, confiar, ser vigilado y acompañado, evadirse de la realidad, esperar retribución o ser corregido, buscar razón o amor en lo que sucede. Las siete soledades son siete renuncias que el hombre podría hacer o no hacer, pero que quien se quiere a sí mismo en la veracidad no puede dejar de hacerlas a juicio de Nietzsche. Por eso, en el parágrafo 309, lo que abruma en la séptima soledad es la “propensión a lo verdadero, a la realidad, a lo que no es sólo aparente, a la certeza”. En este parágrafo se condensa una experiencia atroz para Nietzsche: su pasión por la veracidad le niega poder detenerse en cualquier “jardín de Armida”. El jardín de Armida, descrito en la “Jerusalén libertada” de Torcuato Tasso, es la imagen ilusoria de un jardín edénico; esos jardines fabricados por la maga Armida cumplen la función de retener a su amado Reinaldo, manteniéndolo a distancia del mundo real y de ese modo poder acapararlo la hechicera para sí. Esta imagen evocada por Nietzsche recuerda a la Circe tantas veces identificada por Nietzsche con la razón.

Las siete soledades son siete renuncias a lo que Nietzsche considera la ilimitada capacidad del hombre para autoengañarse. La pasión por la veracidad condenaría así a una tremenda soledad a todo aquel que pugne por ser coherente. Las siete soledades son siete hitos en el camino del ateo que emprende la tarea de prescindir gradualmente de todo cuanto pueda ser una evasión de la realidad, puesto que todo escapismo supone una infidelidad a la inmanencia, una deslealtad que traiciona a la “tierra” por cualquier trasmundo (jardín de Armida). Las siete soledades, por lo tanto, estarían estrechamente ligadas como no podría ser de otra manera con el ateísmo nuclear de Nietzsche; pero, sin embargo, en esos renunciamientos escalonados que niegan los consuelos con los que cuenta el común de los creyentes, conducen por introspección a una realidad interior, de naturaleza incomunicable, donde Nietzsche barrunta una posible renacencia del hombre bajo la forma de una “elevación”, de cuya naturaleza no se nos precisa más.

“Quizás aquel renunciamiento nos dará la fuerza necesaria para soportar el renunciamiento; quizás el hombre se elevará más cada día desde el instante en que deje de desbordarse en el seno de un Dios”.

Dejando al margen las consideraciones morales y yendo al meollo del presente tema nietzscheano que hemos presentado, no podemos dejar de advertir que se comprueba que, incluso en el ateo, el septenario al que, bajo múltiples símbolos y alegorías, alude Nietzsche (siete soledades, siete demonios, siete hielos…) concuerda en todo punto con el sentido que tiene el “siete” en las más diversas tradiciones religiosas, puesto que el número 7 es universalmente considerado, según sintetizó Carl Gustav Jung, como “símbolo de la transformación y de la integración de la gama de jerarquías en su totalidad”.

Las siete soledades del ateo, sus siete demonios y sus siete hielos, han de ser transitados por éste para operar por último la transformación que (tras desintegrar las apariencias convencionales que procuran al creyente mediocre una falsa estabilidad de índole emocional), permita místicamente reintegrarse al hombre en el interior, tal y como nos ha enseñado nuestra mística Santa Teresa de Ávila a través de sus imágenes de las siete moradas del castillo interior.

No nos autoengañemos ni con el acerbo ni con el almibarado lenguaje del místico que, por descontado, nunca nos quiere engañar: la experiencia tremenda de quien con audacia filosófica o religiosa se atreve a quedarse solo, para buscar la verdad, termina por conducirlo a Dios (por mucho que el buscador no reconozca su nombre). La mística puede prescindir de las músicas celestiales acostumbradas en la palabrería sobre Dios (musicas “celestiales” que son “terrenales, demasiado terrenales”), la mística puede despreciar el sermón empalagoso y, hasta en tiempos como los nuestros, a la mística le ha de repugnar toda esa retórica sociologizante del sentimental beaterío, pero lo que nunca faltará en la mística es la experiencia dolorosa y purgante que lleva a la muerte del “hombre viejo” para dar a luz al “hombre nuevo”. Así, a manera de muerte iniciática, la ascesis propicia una renacencia íntima. Se cumple inflexiblemente la sentencia de San Agustín de Hipona:

Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas, et si tuam naturam mutabilem inveneris, trascende et te ipsum”

“¡No vayas afuera, entra dentro de ti mismo, en el interior del hombre habita la verdad! ¡Y si encuentras tu naturaleza mutable, trasciéndete a ti mismo!”

Lo mismo que sin religión no puede haber cultura, tampoco puede accederse al ápice místico sin pasar por el purificador fuego del solitario.

Origen: Las siete soledades de Nietzsche

“Poesía, Sociedad, Estado”, de Octavio Paz

Ningún prejuicio más pernicioso y bárbaro que el de atribuir al Estado poderes en la esfera de la creación artística. El poder político es estéril, porque su esencia consiste en la dominación de los hombres, cualquiera que sea la ideología que lo enmascare. Aunque nunca ha habido absoluta libertad de expresión –la libertad siempre se define frente a ciertos obstáculos y dentro de ciertos límites: somos libres frente a esto o aquello–, no sería difícil mostrar que allí donde el poder invade todas las actividades humanas, el arte languidece o se transforma en una actividad servil y maquinal. Un estilo artístico es algo vivo, una continua invención dentro de cierta dirección. Nunca impuesta desde fuera, nacida de las tendencias profundas de la sociedad, esa dirección es hasta cierto punto imprevisible, como lo es el crecimiento de las ramas del árbol. En cambio, el estilo oficial es la negación de la espontaneidad creadora: los grandes imperios tienden a uniformar el rostro cambiante del hombre y a convertirlo en una máscara indefinidamente repetida. El poder inmoviliza, fija en un solo gesto –grandioso, terrible o teatral y, al fin, simplemente monótono– la variedad de la vida. “El Estado soy yo” es una fórmula que significa la enajenación de los rostros humanos, suplantados por los rasgos pétreos de un yo abstracto que se conviene, hasta el fin de los tiempos, en el modelo de toda una sociedad. El estilo que a la manera de la melodía avanza y teje nuevas combinaciones, utilizando unos mismos elementos, se degrada en mera repetición.
Nada más urgente que desvanecer la confusión que se ha establecido entre el llamado “arte comunal” o “colectivo” y el arte oficial. Uno es el arte que se inspira en las creencias e ideales de una sociedad; otro, el arte sometido a las reglas de un poder tiránico. Diversas ideas y tendencias espirituales –el culto de la polis, el cristianismo, el budismo, el Islam, etc– han encarnado en Estados e Imperios poderosos. Pero sería un error ver el arte gótico o románico como creaciones del Papado o la escultura de Mathura como la expresión del imperio fundado por Kanishka. El poder político puede canalizar, utilizar y –en ciertos casos– impulsar una corriente artística. Jamás puede crearla. Y más: en general su influencia resulta, a la larga, esterilizadora.
El arte se nutre siempre del lenguaje social. Ese lenguaje es, asimismo y sobre todo, una visión del mundo.
Como las artes, los Estados viven de ese lenguaje y hunden sus raíces en esa visión del mundo. El Papado no creó el cristianismo, sino a la inversa; el Estado liberal es hijo de la burguesía, no ésta de aquél. Los ejemplos pueden multiplicarse. Y cuando un conquistador impone su visión del mundo a un pueblo –por ejemplo: el Islam en España– el Estado extranjero y toda su cultura permanecen como superposiciones ajenas hasta que el pueblo no hace suya de verdad esa concepción religiosa o política. Y sólo entonces, es decir: hasta que la nueva visión del mundo no se convierte en creencia compartida y en lenguaje común, no surge un arte o una poesía en las que la sociedad se reconoce. Así, el Estado puede imponer una visión del mundo, impedir que broten otras y exterminar a las que le hacen sombra, pero carece de fecundidad para crear una. Y otro tanto ocurre con el arte: el Estado no lo crea, difícilmente puede impulsarlo sin corromperlo y, con más frecuencia, apenas trata de utilizarlo lo deforma, lo ahoga o lo convierte en una máscara.
El arte egipcio, el azteca, el barroco español, el del “gran siglo” francés –para citar los ejemplos más conocidos– parecen desmentir estas ideas. Todos ellos coinciden con el mediodía del poder absoluto. Así, no es extraño que muchos vean en su luz un reflejo del esplendor del Estado. Un somero examen de algunos de estos casos contribuirá a deshacer el equívoco.
Como todas las artes de las llamadas “civilizaciones ritualistas”, el azteca es un arte religioso. La sociedad azteca está sumergida en la atmósfera, alternativamente sombría y luminosa, de lo sagrado. Todos los actos están impregnados de religión. El Estado mismo es expresión suya. Moctezuma es algo más que un jefe: es un sacerdote. La guerra es un rito: la representación del mito solar en el que Huitzilopochtli, el Sol invicto, armado de su xiuhcóatl, derrota a Coyolxauhqui y su escuadrón de estrellas, los Centzonhiznahua. Las otras actividades humanas poseen el mismo carácter: política y arte, comercio y artesanía, relaciones exteriores y familiares surgen de la matriz de lo sagrado. La vida pública y la privada son caras de una misma corriente vital, no mundos separados. Morir o nacer, ir a la guerra o a una fiesta, son hechos religiosos. Por tanto, es un grave error calificar el arte azteca de arte estatal o político. El Estado y la Política no habían logrado su autonomía; el poder estaba aún teñido de religión y magia. En verdad, el arte azteca no expresa las tendencias del Estado sino las de la religión. Se dirá que se trata de un juego de palabras, ya que el carácter religioso del Estado no limita sino robustece su poder. La observación no es justa: no es lo mismo una religión que encarna en un Estado, como ocurre entre los aztecas, que un Estado que se sirve de la religión, según acontece con los romanos. La diferencia es de tal modo importante que sin ella no podría comprenderse la política azteca frente a Cortés. Y hay más: el arte azteca es, literalmente, religión. La escultura, el poema o la pintura no son “obras de arte”; tampoco son representaciones, sino encarnaciones, vivas manifestaciones de lo sagrado. Y del mismo modo: el carácter absoluto, total y totalitario del Estado mexica no es de orden político sino de índole religiosa. El Estado es religión: jefes, guerreros y simples mecehuales son categorías religiosas. Las formas en que se expresa el arte azteca, tanto como las expresiones de la política, constituyen un lenguaje sagrado compartido por toda la sociedad[1].
El contraste entre romanos y aztecas muestra las diferencias entre arte sagrado y arte oficial. El arte del Imperio aspira a lo sagrado. Más si es natural el tránsito de lo sagrado a lo profano, de lo mítico a lo político –según se ve en la antigua Grecia o al final de la Edad Media–, no lo es el salto inverso. En realidad, no estamos ante un Estado religioso sino ante una religión de Estado. Augusto o Nerón, Marco Aurelio o Calígula, “delicias del género humano” o “monstruos coronados”, son seres temidos o amados pero no son dioses. Y tampoco son divinas las imágenes con que pretenden eternizarse. El arte imperial es un arte oficial.
Aunque Virgilio tiene puestos los ojos en Hornero y en la Antigüedad griega, sabe que la unidad original se ha roto para siempre. Al universo de federaciones, alianzas y rivalidades de la polis clásica, sucede el desierto urbano de la Metrópoli; a la religión comunal, la religión de Estado; a la antigua piedad, que comulga en los altares públicos, como en la época de Sófocles, la actitud interior de los filósofos; el rito público se vuelve función oficial y la verdadera actitud religiosa se expresa como contemplación solitaria; las sectas filosóficas y místicas se multiplican. El esplendor de la época de Augusto –y, posteriormente, el de los Antoninos– que debe hacernos olvidar que se trata de breves períodos de respiro y tregua. Pero ni la benevolencia ilustrada de unos hombres, ni la voluntad de otros –así se llamen Augusto o Trajano– pueden resucitar a los muertos. Arte oficial, en sus mejores y más altos momentos el romano es un arte de corte, dirigido a una minoría selecta. La actitud de los poetas de ese tiempo puede ejemplificarse con estos versos de Horacio:
Odi profanum vulgus et arceo. Favete Hnguis: carmina non prius audita Musarum sacerdos Virginibus puensque canto…
En cuanto a la literatura española de los siglos XVI y XVII y su relación con la monarquía de los Austrias: casi todas las formas artísticas de ese período nacen en ese momento en que España se abre a la cultura renacentista, sufre la influencia de Erasmo y participa en las tendencias que preparan la época moderna (La Celestina, Nebrija, Garcilaso, Vives, los hermanos Valdés, etc.). Incluso los artistas que pertenecen a lo que Valbuena Prat llama “reacción mística” y “período nacional”, cuya nota común es la oposición al europeísmo y “modernismo” de la época del Emperador, no hacen sino desarrollar las tendencias y formas que unos años antes España se apropia. San Juan imita a Garcilaso (posiblemente a través del “Garcilaso a lo divino” de Sebastián de Córdoba); fray Luis de León cultiva exclusivamente las formas poéticas renacentistas y en su pensamiento se alían Platón y el cristianismo; Cervantes –figura entre dos épocas y ejemplo de escritor laico en una sociedad de frailes y teólogos– “recoge los fermentos erasmistas del siglo XVI”[2], aparte de sufrir la influencia directa de la cultura y libre vida de Italia. El Estado y la Iglesia canalizan, limitan, podan y se sirven de esas tendencias, pero no las crean. Y si se vuelven los ojos a la creación más puramente nacional de España –el teatro– lo que asombra es, precisamente, su libertad y desenvoltura dentro de las convenciones de la época. En suma, la monarquía austríaca no creó el arte español y, en cambio, sí separó a España de la modernidad naciente.
El ejemplo francés tampoco arroja pruebas convincentes acerca de la pretendida relación de causa a efecto entre la centralización del poder político y la grandeza artística. Como en el caso de España, el “clasicismo” de la época de Luis XIV fue preparado por la extraordinaria inquietud filosófica, política y vital del siglo XVI. La libertad intelectual de Rabelais y Montaigne, el individualismo de las más altas figuras de la lírica –desde Marot y Scéve hasta Jean de Sponde, Desportes y Chassignet, pasando por Ronsard y d’Aubigné–, el erotismo de Louise Labe y de los Blasonneurs du corps féminin son testimonio de espontaneidad, desenvoltura y libre creación. Lo mismo hay que decir de las otras artes y de la vida misma de ese siglo individualista y anárquico. Nada más lejos de un estilo oficial, impuesto por un Estado, que el arte de los Valois, que es invención, sensualidad, capricho, movimiento, apasionada y lúcida curiosidad. Esta corriente penetra el siglo XVII. Pero todo cambia apenas la Monarquía se consolida. A partir de la fundación de la Academia, los poetas no se enfrentan solamente a la vigilancia de la Iglesia, sino también a la de un Estado vuelto gramático. El proceso de esterilización culmina, años después, con la revocación del Edicto de Nantes y el triunfo del partido jesuita. Solamente desde esta perspectiva adquieren verdadera significación la querella del Cid y las dificultades de Corneille, los sinsabores y amarguras de Moliere, la soledad de La Fontaine y, en fin, el silencio de Racine –un silencio que merece algo más que una simple explicación psicológica y que me parece constituir un símbolo de la situación espiritual de Francia en el “gran siglo”.
Estos ejemplos muestran que las artes más bien deben temer que agradecer una protección que termina por suprimirlas con el pretexto de guiarlas. El “clasicismo” del Rey Sol esterilizó a Francia. Y no es exagerado sostener que el romanticismo, el realismo y el simbolismo del siglo XIX son una profunda negación del espíritu del “gran siglo” y una tentativa por reanudar la libre tradición del XVI.
La antigua Grecia revela que el arte comunal es espontáneo y libre. Es imposible comparar la polis ateniense con el Estado cesáreo, el Papado, la Monarquía absoluta o los modernos Estados totalitarios. La autoridad suprema de Atenas es la Asamblea de ciudadanos, no un remoto grupo de burócratas apoyados en el ejército y la policía. La violencia con que la tragedia y la comedia antigua tratan los asuntos de la polis contribuye a explicar la actitud de Platón, que deseaba “la intervención del Estado en la libertad de la creación poética”.
Basta leer a los trágicos –especialmente a Eurípides– o Aristófanes para darse cuenta de la incomparable libertad y desenfado de estos artistas. Esa libertad de expresión se fundaba en la libertad política. Y aun puede decirse que la raíz de la concepción del mundo de los griegos era la soberanía y libertad de la polis.
“Acaso en el mismo año en que Aristófanes presenta sus Nafas –dice Burckhardt en su Historia de la cultura griega–, aparece la memoria política más vieja del mundo: Acerca del Estado de los atenienses.” Reflexión política y creación artística viven en el mismo clima. Los pintores y escultores gozaron de parecida libertad, dentro de las limitaciones de sus oficios y de las condiciones en que se les empleaba. Los políticos de aquella época, al contrario de lo que ocurre en nuestros días, tuvieron el buen sentido de abstenerse de legislar sobre los estilos artísticos.
El arte griego participó en los debates de la ciudad porque la constitución misma de la polis exigía la libre opinión de los ciudadanos sobre los asuntos públicos. Un arte “político” sólo puede nacer allí donde existe la posibilidad de expresar opiniones políticas, es decir, allí donde reina la libertad de hablar y pensar. En este sentido el arte ateniense fue “político”, pero no en la baja acepción contemporánea de la palabra. Léanse Los persas para saber lo que es tratar el adversario con ojos limpios de las deformaciones de la propaganda. Y la ferocidad de Aristófanes se ejerció siempre contra sus conciudadanos; los extremos a que recurre para ridiculizar a sus enemigos forman parte del carácter de la comedia antigua. Esta beligerancia política del arte nacía de la libertad. Y a nadie se le ocurrió perseguir a Safo porque cantase el amor en lugar de las luchas de la ciudad. Hubo que esperar hasta el sectario y mezquino siglo XX para conocer semejante vergüenza.
El arte gótico no fue obra de Papas o Emperadores, sino de las ciudades y las órdenes religiosas. Lo mismo puede decirse de la institución intelectual típica de la Edad Media: la Universidad. Como ella, la catedral es creación de las comunas urbanas. Se ha dicho muchas veces que esos templos expresan en su verticalidad la aspiración cristiana hacia el más allá. Hay que añadir que si la dirección del edificio tenso y como lanzado al cielo, encarna el sentido de la sociedad medieval, su estructura revela la composición de esa misma sociedad.
En efecto, todo está lanzado hacia arriba, hacia el cielo; pero, al mismo tiempo, cada parte del edificio posee vida propia, individualidad y carácter, sin que esa pluralidad rompa la unidad del conjunto. La disposición de la catedral parece una viva materialización de aquella sociedad en la que, frente al poder monárquico y feudal, las comunidades y corporaciones forman un complicado sistema solar de federaciones, ligas, pactos y contratos. La libre espontaneidad de las comunas, no la autoridad de Papas y Emperadores, otorga al arte gótico su doble movimiento: por una parte lanzado hacia arriba como una flecha: por la otra, extendido horizontalmente, albergando y cubriendo, sin oprimirlas, todas las especies, géneros e individuos de la creación. En realidad, el gran arte del Papado corresponde al período barroco y su representante típico es Bernini.
Las relaciones entre el Estado y la creación artística dependen, en cada caso, de la naturaleza de la sociedad a que ambos pertenecen. Mas en términos generales –hasta donde es posible extraer conclusiones en una esfera tan amplia y contradictoria– el examen histórico corrobora que no solamente el Estado jamás ha sido creador de un arte de veras valioso sino que cada vez que intenta convertirlo en instrumento de sus fines acaba por desnaturalizarlo y degradarlo. Así, el “arte para pocos” casi siempre es la libre respuesta de un grupo de artistas que, abierta o solapadamente, se oponen a un arte oficial o a la descomposición del lenguaje social. Góngora en España, Séneca y Lucano en Roma, Mallarmé ante los filisteos del Segundo Imperio y la Tercera República, son ejemplos de artistas que, al afirmar su soledad y rehusarse al auditorio de su época, logran una comunicación que es la más alta a que puede aspirar un creador: la de la posteridad. Gracias a ellos el lenguaje, en lugar de dispersarse en jerga o petrificarse en fórmula, se concentra y adquiere conciencia de sí mismo y de sus poderes de liberación.
Su hermetismo –jamás del todo impenetrable, sino siempre abierto al que quiera arriesgarse tras la muralla ondulante y erizada de las palabras– es parecido al de la semilla. Encerrada, duerme la vida futura. Siglos después de muertos, la oscuridad de estos poetas se vuelve luz. Y su influencia es de tal modo profunda que puede llamárseles, más que poetas de poemas, poetas o creadores de poetas. En sus armas figuran siempre el fénix, la granada y la espiga eleusina.

En El arco y la lira, 1956

[1] No es ésta la ocasión para examinar más de cerca la naturaleza de la sociedad azteca y desentrañar la verdadera significación de su arte. Baste apuntar que al dualismo de la religión (cultos agrarios de las antiguas poblaciones del Valle y dioses guerreros propiamente aztecas) corresponde también una organización dual de la sociedad. Sabemos, por otra parte, que casi siempre los aztecas emplearon a extranjeros vasallos como artífices y constructores. Todo esto hace sospechar que nos encontramos ante un arte y una religión que recubren, por medio de la acumulación y la superposición de elementos propios y ajenos, una escisión interior. Nada parecido nos ofrecen el arte maya de la gran época, el «olmeca» o el de Teoáhuacán, en donde la unidad de las formas es Ubre y espontánea, no conceptual y externa, como en la Coatlicue, La línea viva y natural de los relieves de Palenque —o la severa geometría de Teotihuacán— nos hacen vislumbrar una conciencia religiosa no desgarrada, una visión del mundo que ha crecido naturalmente y no por acumulación, superposición y reacomodo de elementos dispersos. O sea: el arte azteca tiende a un sincretismo, no del todo realizado, de contrarias concepciones del mundo, en tanto que el de las culturas más antiguas no es sino el desarrollo natural de una visión única y propia. Y éste es otro de los rasgos bárbaros de la sociedad azteca, frente a las antiguas civilizaciones mesoamericanas.

 
[2] Ángel Valbuena Prat, Historia de la literatura española, 1946.
Fuente: descontexto.blogspot.it/
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Pasa el tiempo, llegará el olvido.

Decía Borges en Ficciones que Olvidar también es tener memoria. Quería significar con ello que olvidar es también un acto de la voluntad. Una frase daba pie a hablar de ello.

La negación de la realidad. Consistiría en no querer ver, en huir de la información o del contacto con las personas que muestran lo que ocurre. Negar lo que le está ocurriendo a uno mismo. No veo, no sé, no soy peligroso, no hago nada… no pueden hacerme nada.

‘Se cambian por términos técnicos palabras de nuestro vocabulario corriente, separando la experiencia intelectual de la emocional. Hay múltiples ejemplos: se habla de violencias innecesarias, desapariciones forzada, apremios ilegítimos, en vez de asesinatos, detenidos-desaparecidos o tortura’.

Se logra así que dos mundos coexistan a través de:

(a) un vocabulario que no confronte con la realidad,

(b) adoptar el vocabulario propuesto por el sistema,

(c) adoptar un vocabulario que marque distancia emocional respecto a experiencias dolorosas.

Todo ello, teniendo en cuenta que siempre se suele utilizar un lenguaje adaptado al marco social y cultural.

El daño que esa política está haciendo al tejido democrático lo podemos comprobar ahora mismo y lo constataremos en toda su dimensión cuando se haya pinchado esa burbuja de intoxicación informativa en la que el gobierno está metido y nos quiere meter a todos.

La Dictadura creó una estigmatización del término comunista a través de sus mensajes, los nazistas con el termino Judio, los judios con el termino palestino, los turcos con los armenios o los kurdos, y asi una tras otra a los largo de nuestra historia hasta nuestro presente con la persecución  de la letra K o el mismo peronismo. La palabra ‘comunista’, judio, K se convirtió gracias a la propaganda de los medios que concentran el poder mediatico, en sinónimo de maldad e iniquidad: el perseguido paso a ser un ser fanático, sin moral, dispuesto a traicionar a cualquiera por conseguir sus ambiciones destructoras, socavador de la familia la sociedad y de la patria. Asi una ciudadanía incauta, no preparada se vio convalidar todo tipo de vejámenes sin darse cuenta que en realidad estaba avalando la mas cruel de los gobiernos totalitarios.

La negacion de la realidad

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Negar la realidad no es una simple mentira. Es toda una conformación dialéctica que el individuo forma para decir que es, lo que no es. El eufemismo es una forma de negar la realidad. Cuando se niega la realidad también se niega su relatividad. Es una visión estilo “entubado” que no da margen de acción, Una sola interpretación. Cuando en términos sociales se niega la realidad estamos en presencia de la ruptura del contrato social. Se niega la convivencia, las sociedades entran en un nivel primitivo de comportamiento. El mismo que ocurriría en un individuo como caso aislado,al negar la realidad también niegas tu propia flexibilidad. Toda realidad es relativa y si la niegas te conviertes en absolutista.

No cabe duda que todo aquel que niega la realidad entiende como enemigo a aquel que intenta hacérsela ver, Uno de los conceptos formales de la realidad es aquello que muchos ven como tal.

En términos políticos, esto no siempre aplica, En términos psicológicos la realidad es un conjunto de percepciones aprendidas sobre estímulos previamente experimentados, si yo tengo hambre, esa sensación en real para mí. Cuando niego esa realidad (hambre) puedo caer en anorexia.

En lo social, el ejemplo anterior aplica. Si negamos las cosas que pasan en sociedad, el contrato social (convivencia) se deteriora,mentir para negar la realidad sirve a quienes necesitan esa mentira para poder convivir con sus propias negaciones, Negar la realidad es en términos psicológicos una forma de reprimir. En términos sociales la represión se evidencia en la fuerza pública.

Se puede negar la realidad por mucho tiempo y con consecuencias realmente demoledoras, quien se da a la tarea de intentar demostrar la negación de la realidad de los demás, se le tilda en principio de loco y peligroso de atentar contra democracia o un determinado estilo de vida.

Decir que la realidad es subjetiva o relativa es una tautología. Ahora bien, si yo te golpeo a ti te duele y esa es una realidad. No relativa,Cuando se niega la realidad se hace en función de la misma génesis del concepto. Tú puedes negar lo que en principio se afirma. Relativismo, Negar la realidad es tan peligroso como enfrentarla sin filtros emocionales. Ambos extremos van a llevarte a la psicosis, Si quieres asumir realidades debes asumir que muchas veces duele y evadirlo no es opción si deseas cambiarla o adaptarte, Negar la realidad en términos sociales es intentar tapar un volcán con una chapa de fibrocemento. No podrás hacerlo. Por más que se repriman las vías de comunicación, las realidades sociales se abrirán camino y se llevaran por delante a quien las niegue, a veces hay que dejar que el individuo se pegue contra la realidad. No siempre se despierta de manera cómoda En términos sociales ese despertar de la negación de la realidad, no siempre es pacifico ni indoloro. Al igual que ocurre en términos psíquicos, Es preferible pagar el precio del dolor al no negar la realidad que pagar la inmensa factura y con intereses de negarla

La dominación:

control mediático del pensamiento

La dominación fue ejercida en principio de hombre a hombre. El más fuerte físicamente, el mejor armado, dominaba al más débil, al que tenía menos defensas, y lo forzaba a cumplir su voluntad. El hombre que sólo tenía un pedazo de madera para defenderse tuvo que ceder, evidentemente, al que lo seguía con una lanza de punta de silicio, arco y flecha. Más tarde, o quizás contemporáneamente, otro factor determinó el ejercicio de la dominación: la astucia. Surgieron hombres que llegaron a persuadir a sus pares de poseer ciertos secretos mágicos capaces de hacer mucho daño, de causar grandes inconvenientes a aquellos -y a sus bienes- que se resistieran a su autoridad. Puede ser que estos hechiceros estuvieran convencidos de la realidad de su poder. Como sea, la dominación tiene -en todas las épocas y lugares- dos fuentes: la violencia y la astucia.

En las sociedades actuales, la dominación se ejercita raramente -en tiempos normales- con tanta brutalidad. Cuando se practica de tal modo, esto ocurre gracias a la costumbre, la sanción moral o legal, o un estado de cosas irregular. Es cierto que hay madres que pegan a sus hijos porque éstos desobedecen, maridos que pegan a sus mujeres porque éstas rechazan la obediencia legalmente aceptada y hay policías que disparan sobre prisioneros en fuga o viceversa. Pero eso es tolerado por los hábitos o es excepcional. Cuando se ejercita la dominación sobre una colectividad humana en beneficio de un autócrata, esto sucede porque él se apoya en un número bastante grande de cómplices o satélites que están interesados en que subsista tal autoridad, y estos cómplices se hacen ayudar y asistir por una tropa armada, mercenaria, lo suficientemente fuerte para tornar inútil toda resistencia. La dominación se ejercita raramente a beneficio de un autócrata. Al menos directamente. Siempre es practicada en beneficio de una casta, una clase, una clientela política, una plutocracia, una elite social o la mayor parte de una colectividad. Se apoya en reglamentaciones de orden político o económico; civil, militar o religioso; legal o moral. Es consagrada por las instituciones regidas por mandatarios.

Al contrario, el hombre contemporáneo que se pone individualmente al margen del bien y el mal, que se ubica coscientemente más allá de lo permitido y lo prohibido, alcanza un estadio superior en la evolución de la personalidad humana. El ha estudiado la esencia de la concepción del bien y el mal social; se ha preguntado qué queda de lo permitido y lo prohibido una vez que se descubre su apariencia. Si él prefiere tener como guía el instinto antes que la razón, eso ocurre después de hacer comparaciones y reflexiones cuidadosas. Si cede el paso al razonamiento en confrontación con el sentimiento, o al sentimiento opuesto al razonamiento, lo hace deliberadamente, después de haber tanteado su temperamento. El se separa del rebaño tradicional porque considera que la tradición y el convencionalismo son obstáculos para su expansión. En otras palabras, él es a-moral luego de haberse preguntado lo que vale la “moral” para el hombre. Hay una buena distancia entre este marginal de la moral y el primitivo, a duras penas huido de la animalidad, de cerebro todavía obtuso, incapaz de oponer su determinismo personal al determinismo aplastante del ambiente.

Algunas fuentes: La nada

Enlace corto: http://wp.me/p1UzEf-Lv

Relaciones de Afinidad

“Hoy el espíritu se ahoga en una masa de encuentros al azar. Estamos buscando a aquellos que aún están lo suficientemente vivos para apoyarse unos a otros más allá de esto; aquellos que escapan de la Vida Normal.”

Against Sleep and Nightmare

Vivimos en una sociedad en la que la mayoría de nuestros encuentros han sido ya definidos en forma de roles predeterminados y relaciones en las que no tenemos nada que decir. Una aleatoriedad desprovista de sorpresa rodea el tormento programado del trabajo con un “tiempo libre” que carece del gozo, de la capacidad de asombro o de cualquier libertad real de actuar a nuestro antojo, un “tiempo libre” no muy diferente del trabajo del que se supone que es un respiro.

La explotación se hace presente en el conjunto de la existencia al estar cada una de nuestras interacciones canalizadas hacia una forma de relacionarse que ya ha sido determinada en función de las necesidades del orden dominante, con el fin de garantizar la reproducción continuada de una sociedad en la que unos pocos controlan las condiciones de la existencia de todos, y por tanto poseen nuestras vidas.

Así pues, la revuelta contra nuestra explotación no es esencialmente una lucha política o incluso económica, sino una lucha contra la totalidad de nuestra existencia actual, contra las actividades e interacciones cotidianas que nos son impuestas por la economía, el estado y todas las instituciones y aparatos de dominación y control que componen esta civilización. Esta lucha no se puede llevar a cabo por cualquier medio.

Requiere un método de encontrarse y actuar en el mundo en el que se manifiesten aquí y ahora nuevas relaciones, las de individuos libres que rechazan ser explotados y dominados e igualmente rechazan dominar o explotar. En otras palabras, nuestra lucha debe ser la reapropiación inmediata de nuestras vidas, en conflicto con la actual sociedad.

Partiendo de esta base, el rechazo a la formalidad y el desarrollo de relaciones de afinidad no puede ser visto en términos meramente tácticos o estratégicos. Más bien, son el reflejo en la práctica de aquello por lo que estamos luchando si, efectivamente, estamos luchando por retomar nuestras vidas, por reapropiarnos de la capacidad de determinar las condiciones de nuestra propia existencia -es decir, la capacidad para la autoorganización.

El desarrollo de relaciones de afinidad es específicamente el desarrollo de un profundo conocimiento del otro de un modo complejo, una profunda comprensión de las ideas, sueños, deseos, pasiones, aspiraciones, capacidades, y concepciones de la lucha y de la vida, de los demás. Es por supuesto un descubrimiento de lo que se tiene en común, pero más significativamente es un descubrimiento de las diferencias, de lo que es único en cada individuo, porque es en la diferencia donde se puede descubrir realmente qué proyectos se pueden llevar a cabo con otros.

Dado que el desarrollo de relaciones de afinidad es en sí mismo un reflejo de nuestros objetivos y dado que se propone crear un conocimiento profundo y en constante expansión del/a otra, no se puede abandonar simplemente al azar. Necesitamos crear adrede la oportunidad para los encuentros, discusiones y debates en los que nuestras ideas, aspiraciones y visiones de la lucha revolucionaria puedan ponerse en discusión, donde las afinidades reales y los conflictos reales salgan a la luz y se desarrollen no con el objetivo de encontrar un termino medio en el que todos transijan por igual, sino para clarificar distinciones y así descubrir una base real para crear proyectos de acción que no sean simplemente desempeñar el papel de radical, activista o militante, sino que sean reflejos reales de los deseos, pasiones e ideas de quienes se impliquen.

Aunque las publicaciones, las redes sociales y el email pueden proporcionar medios para hacer esto en algunos niveles, en cuanto que son foros abiertos tienden a ser demasiado aleatorios, con el riesgo de que la discusión pierda cualquier proyectualidad y se desvía hacia el intercambio democrático de opiniones que tienen poca conexión con la propia vida.

A mi entender, las mejores y más significativas discusiones pueden tener lugar en encuentros cara a cara entre gente con alguna claridad de porqué se están reuniendo para discutir. Así pues, organizar grupos de discusión, debates, encuentros, etc. es una parte integral del desarrollo de relaciones de afinidad y por tanto de proyectos de acción.

La necesidad de perseguir el desarrollo de relaciones de afinidad de forma intencionada no significa el desarrollo de una base formal para la afinidad. La formalidad socava la posibilidad de afinidad, porque está basada por naturaleza en un espacio común predeterminado, y por tanto arbitrario. La organización formal se basa en una unidad ideológica o programática que resulta por último en adhesión a la organización como tal. Las diferencias se deben dejar a un lado por la causa de la organización, y cuando las diferencias se dejan a un lado, lo mismo ocurre con los sueños, deseos, aspiraciones y pasiones dado que éstas solo pueden pertenecer al individuo.

Pero, de hecho, la organización formal no tiene nada que ver con la intención o la proyectualidad. En realidad, al proporcionar una ideología a la que adherirse, libra al individuo de la responsabilidad de pensar por si mismo y desarrollar su propia comprensión del mundo y de su lucha en el. Al proporcionar un programa, libra al individuo de la necesidad de actuar autónomamente y hacer análisis prácticos de las condiciones reales en las que está luchando.

Las relaciones de afinidad son la base necesaria de autoorganización en el nivel cotidiano más básico de lucha y de vida. Es el conocimiento profundo y creciente del/a otra lo que proporciona la base para desarrollar proyectos de revuelta que reflejen verdaderamente nuestras propias aspiraciones y sueños, para desarrollar una lucha compartida que se base en el reconocimiento y, en el mejor de los casos, el apasionado disfrute de nuestras muy reales y hermosas diferencias.

Esto requiere una organización de la actividad más allá del ámbito de nuestras relaciones de afinidad, pero son los proyectos que desarrollamos de estas relaciones lo que nos proporcionan la capacidad para la autoorganización, la fuerza para rechazar toda formalidad y, por tanto, a todos los grupos que pretenden representar la lucha, ya se llamen partidos, sindicatos o federaciones.

En las relaciones de afinidad, empieza ya a desarrollarse una nueva forma de relacionarse libre de todos los roles y de toda relación social ya manida, y con ésta una aparente impredecibilidad que las autoridades nunca entenderán. Aquí y ahora, abrazamos un mundo de maravilla y gozo que es un arma poderosa para destruir el mundo de dominación.

Willful Disobedience Vol. 2 No. 12

Traducción Palabras de Guerra
Revisado por Besan

Fuente:Revista Nada

Periodismo o Barbarie.

Se hace indispensable que la ciudadania tenga la posibilidad de acceder a informacion libre, transparente y honesta, que esta ciudadania tenga el coraje de transmitirla y compartirla ,sabiendo que el precio a pagar es el boicot que las instituciones públicas y privadas propinan a las personas que no aceptan la manipulacion a la cual viene sometido, y lograr mantenerse fieles a los principios de servicio público, independencia y libertad.

evidencias 2016

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El titulo hace eco de la clásica división sarmientina, “Civilización o barbarie”, que parece atravesar toda la historia argentina y que hoy se actualiza en las denominaciones periodismo independiente o periodismo militante. Lo que sería el blanco y el negro de una profesión.

Manipulación, trampas y amarillismo a espuertas; mentiras, falsedades, plagios, precocinado de encuestas y apropiación de ideas y materiales ajenos como filosofía editorial; recursos a actos de la vida privada como el aborto para realzar el titular de una noticia sobre presunto nepotismo; guerra sucia sin cuartel y fuego de metralla difamatorio contra todo adversario –político y mediático– que no se pliegue a las reglas del juego; apelaciones a sacar la lupa para disparar contra los nuevos diputados; acusaciones falsas y repetidas mil veces de enaltecimiento del terrorismo a artistas y tuiteros por un concurso de chistes o por una función de títeres de cachiporra; linchamiento diario de…

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Versatile Blogger

Gracias Babilonia , es un placer para mi también. Quien puede imaginar una gran comunidad de personas que comparten una “utopia” en común.

babilonia books

   Bien, ésta es una reseña de mi día. Me levanto y una maravillosa sorpresa aguarda en mi ordenador, bueno, no dentro de él, ya sabéis como va la historia.

El caso es que me ha ilusionado muchísimo, pues aunque sigo a pocos blogs y no puedo dedicar todo el tiempo que querría a éste, mi proyecto, he visto que en nada pequeña comunidad de blogs de lectura y cultura en general, se dan distintos tipos de premios. De reconocimientos online que favorecen la autoestima del escritor/a en cuestión, por no decir que de éste modo se brinda la posibilidad de darse a conocer en la red.

   Sin apenaas esperármelo, sin que sea mi cumpleaños, hoy José Ángel Ordiz me ha regalado un poquito de ilusión. Aún por encima el premio es verde y hoy es viernes, todo bonito.

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     Según el premio, debo contar siete cosas sobre…

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