La Emboscadura 6° Parte.

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Que se asume en un sitio tácticamente equivocado.

También pudiera ser que de ese único voto, o, más bien, de quien lo emitió dependiera el que no se hiciese realidad el estado de termitas que siempre está amenazándonos. En este punto no cuadran las cuentas, esas cuentas que al espíritu le parece que han de cuadrar, aunque bien es cierto que lo único que falta es una fracción minúscula.

Topamos aquí, por tanto, con una oposición efectiva y real, la cual, sin embargo, no ha llegado aún a adquirir conocimiento ni de su propia fortaleza ni tampoco del modo en que ha de emplearse. Lo que nuestro votante ha hecho al poner una cruz en el lugar peligroso ha sido lo que de él estaba aguardando su prepotente adversario. La acción aquí ejecutada es, con toda seguridad, la acción de un hombre valiente, pero es a la vez la acción de uno de los innumerables analfabetos en las nuevas cuestiones del poder. Es alguien al que es menester prestar ayuda.

En la sala donde se votaba lo asaltó la sensación de estar entrando en una trampa y eso lo hizo reparar en cuál era la situación en que se hallaba. Encontrábase en un lugar donde las palabras no concordaban con los hechos. Ante todo, como hemos visto, lo que él rellenó no fue una papeleta de voto, sino el folio de un cuestionario; nuestro votante no se encontraba, pues, en una situación de libertad, sino que estaba confrontado a sus gobernantes. Al ser él el único entre ciento en poner «no» en la papeleta, lo que con ello hizo fue cooperar a una estadística de la autoridad. Exponiéndose a unos riesgos enteramente desproporcionados, lo que hizo fue dar a su adversario las informaciones que éste deseaba. A su adversario lo hubiera desasosegado más el alcanzar el cien por cien de los votos.

Entonces, ¿cuál debe ser la conducta de nuestro hombre si deja de utilizar la última posibilidad que se le ha otorgado de exteriorizar su opinión? Al hacer esa pregunta abordamos una ciencia nueva, a saber, la doctrina de la libertad del ser humano enfrentado a una violencia que se ha modificado. Esto nos lleva mucho más allá de nuestro caso particular. Por el momento vamos a emitir, sin embargo, nuestro dictamen acerca de éste. El votante se encuentra en el aprieto siguiente: lo ha invitado a tomar una decisión libre un poder que no piensa atenerse, por su lado, a las reglas del juego. Es el mismo poder que le exige un juramento, en tanto él mismo vive de perjurar. Lo que el votante hace es, pues, depositar una puesta buena en una banca fraudulenta. De ahí que nadie pueda reprocharle que no entre en esos problemas y silencie su «no». Tiene derecho a hacerlo, y no sólo por motivos de autoconservación; su conducta puede ser también una manifestación de desprecio a quien tiene el poder, un desprecio que es superior incluso a un «no». Con lo dicho no pretende afirmarse que el «no» de nuestro hombre vaya ahora a quedar necesariamente perdido para el mundo exterior. Al contrario – sólo que ese «no» no debe aparecer en el lugar que para él ha escogido quien tiene el poder. Hay otros sitios donde a éste le desagrada mucho más ese «no» – por ejemplo, el borde en blanco de un cartel electoral, o una guía telefónica expuesta en un lugar público, o el pretil de un puente por donde pasan a diario millares de personas. Este sería un lugar mejor para una frase breve; por ejemplo: «yo he dicho “no”».

Al joven al que se aconseja que actúe de ese modo habría que decirle además otras muchas cosas que únicamente enseña la experiencia; por ejemplo, lo siguiente: «La semana pasada apareció escrita en uno de los muros de la fábrica de tractores de nuestra ciudad la palabra “hambre”. Se hizo comparecer a los obreros y se les ordenó que vaciasen sus bolsillos. Se encontró un lapicero cuya punta tenía rastros de cal».

Por otro lado las dictaduras ofrecen, en razón de la propia presión que ejercen, una serie de puntos vulnerables que simplifican y abrevian el ataque contra ellas. Así, para seguir con el ejemplo anterior, ni siquiera es menester escribir la frase que acabamos de mencionar. También sería suficiente la palabrita «no». Y todo aquel cuyos ojos se fijaran en ella sabría perfectamente lo que quiere decir. Es un signo de que la opresión no ha logrado triunfar del todo. Los símbolos tienen un brillo especial precisamente cuando aparecen sobre basamentos monótonos. Lo que a las superficies grises corresponde es la concentración en el espacio más reducido posible.

Tales signos pueden adoptar la forma de colores, de dibujos, de objetos. Cuando su carácter es el de letras, la escritura se transforma entonces en pictografía y vuelve de ese modo a sus orígenes. Con ello adquiere una vida inmediata, se torna jeroglífica y, en vez de dar explicaciones, proporciona materia para explicaciones. Aún se podría abreviar más y, en vez de poner la palabra «no», poner, por ejemplo, una sola letra. Supongamos que sea la letra E. Tal letra podría significar entonces cosas como éstas: Elecciones, Entérate, Empleo, Embuste, Explotación. Pero también podría querer decir: Emboscado.

Esto sería un primer paso para salir del mundo vigilado y dominado por la estadística y en seguida surge la pregunta de si la persona singular es lo bastante fuerte como para poder correr tal riesgo.

Ernst Jünger, La Emboscadura.

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La Emboscadura 5° Parte

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Y se ha convertido en un riesgo

Vamos a prescindir ahora del noventa y ocho por ciento ya fijar nuestra atención en el dos por ciento restante; son las pepitas de oro que han quedado en el cedazo. Vamos a traspasar con este fin la puerta cerrada detrás de la cual está haciéndose el recuento de los votos. Al entrar allí penetramos en uno de los ámbitos tabú de la democracia plebiscitaria, acerca de la cual existe una única opinión pública e innumerables opiniones dichas en voz baja. Los miembros del colegio electoral con que aquí nos encontramos irán también vestidos de uniforme, pero tal vez se hallen en mangas de camisa; los invade el espíritu propio de un ambiente agradable y familiar. Ese colegio estará compuesto de representantes locales del partido y, además, de propagandistas y de policías. El estado de ánimo que allí reina es el que corresponde al dueño de un negocio que va a hacer el recuento de caja; no deja de haber tensión, pues todos los allí presentes son más o menos responsables del resultado. Se procede a la lectura de los « síes » y de los «noes» – los primeros son acogidos con una satisfacción benévola; los segundos, con una satisfacción malévola. A los «síes» y a los «noes» se agregan los votos nulos y los votos en blanco. Cuando más desagradable se torna el ambiente es cuando en alguna de las papeletas aparece el epigram a escrito por un guasón; tales epigramas se han vuelto escasos, desde luego. En el ámbito donde ejerce su imperio la tiranía se echa de menos el humor, como se echan de menos también todas aquellas cosas que constituyen el acompañamiento de la libertad; pero el chiste será tanto más agudo cuando alguien arriesga su cabeza a cambio.

Vamos a suponer que nos encontramos en un punto en que la propaganda ha avanzado ya bastante en sus esfuerzos intimidatorios. En este caso circulará entre la población el rumor de que grandes cantidades de «noes» han sido transformados en «síes». Lo probable es que esto no resulte necesario en absoluto. Incluso podría haberse dado el caso contrario, a saber, que quien hizo la pregunta tuviera que inventar algunos «noes» para llegar así a la cifra que había calculado. Lo cierto es que es él quien dicta la ley a los votantes, y no a la inversa. Este hecho pone de manifiesto el destronamiento político de las masas que el siglo XIX había desarrollado.

En estas circunstancias tendría una gran significación el mero hecho de que entre cien votos depositados en la urna se encontrase un solo «no». De quien lo emitió cabe aguardar que hará sacrificios por defender su opinión y su concepto del derecho y de la libertad.

Ernst Jünger, La Emboscadura.

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La Emboscadura 4° Parte.

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Está destinada a dejar patente la superioridad de quien hace las preguntas.

Tal vez no sea tan singular el propósito de nuestro hombre; es posible que otros muchos compartan esa misma intención; probablemente su número represente una cantidad significativamente mayor que el mencionado dos por ciento del cuerpo electoral. La puesta en escena de las elecciones se propone hacer creer a nuestro hombre, por el contrario, que se encuentra muy solo y no sólo eso – la mayoría debe resultar imponente no sólo por su número, sino también por los signos de una superioridad moral.

Cabe suponer que nuestro votante ha sabido resistir, gracias a su capacidad de discernimiento, a la propaganda, a una propaganda prolongada e inequívoca, que con gran habilidad ha ido intensificándose hasta el día mismo de las elecciones.

No ha sido fácil la tarea de resistir; a lo anterior se añade que la adhesión que de él se demanda se ha revestido con la modalidad de unas preguntas sumamente respetables;

se le invita a participar en unas votaciones en favor de la libertad o en pro de la paz. Ahora bien, ¿quién no ama la paz y la libertad? Un monstruo habría que ser para no amarlas.

Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal al «no». El votante que emite un voto malo se asemeja al criminal que se aproxima sigilosamente al lugar del delito.

En cambio, el votante que emite un voto bueno, ¡de qué modo tan diferente se siente reconfortado por el día de las elecciones! Ya mientras estaba desayunando recibió a través de la radio la última incitación, las últimas instrucciones. Sale luego a la calle, donde reina un ambiente de jornada festiva. En todas las casas, en todas las ventanas hay banderas colgadas. En el patio del local donde se vota lo recibe una pequeña banda que está interpretando marchas militares. Los músicos van vestidos de uniforme; tampoco en la sala donde se vota faltan los uniformes. Como se halla entusiasmado, al elector bueno se le escapará, en cambio, que apenas puede decirse que exista una cabina cerrada donde rellenar la papeleta.

Es en ese detalle en lo que ante todo se fija, claro está, la atención del elector malo. Con el bolígrafo en la mano, se ve enfrentado a un colegio electoral que va vestido de uniforme; su proximidad le produce desconcierto. Las papeletas se rellenan sobre una mesa que tal vez se halle cubierta por los restos de un paño verde. No cabe duda de que el montaje está muy bien pensado. No es probable que pueda verse la casilla que el votante va a marcar con una cruz. ¿Pero está enteramente excluido lo contrario? La víspera ha oído susurrar que las papeletas han sido numeradas con unas máquinas de escribir carentes de cinta. Al mismo tiempo ha de asegurarse de que el hombre que se encuentra a sus espaldas no está mirando por encima de su hombro lo que escribe. Desde la parte alta de la pared lo contempla, con una sonrisa helada, un retrato gigantesco del jefe del Estado, vestido asimismo de uniforme. La papeleta de voto, a la que ahora vuelve su atención nuestro hombre, irradia asimismo una fuerza sugestiva. Esa papeleta es el resultado de unos cálculos cuidadosos. Debajo de la frase «Elecciones en favor de la libertad» se ve un gran círculo: «Aquí es donde debes poner tu “sí”». Junto a él casi desaparece un segundo círculo, un círculo pequeño, destinado al «no».

Ha llegado el gran momento: el votante se dispone a poner una marca en su papeleta. Coloquémonos mentalmente a su lado; efectivamente, ha votado «no». Es cierto que ese acto constituye una encrucijada de ficciones, que ya investigaremos – las elecciones, los electores, los carteles electorales, todas esas cosas son etiquetas que aluden a realidades y procesos enteramente distintos. Son un espejismo. Mientras se hallan en proceso de ascenso, la dictaduras viven en gran parte del hecho de que aún no haya sido posible descifrar sus jeroglíficos. Hasta más tarde no encuentran su Champollion, el cual, ciertamente, no restituye la antigua libertad. Pero sí enseña a dar una respuesta correcta. Tenemos la impresión de que nuestro hombre ha ido a caer en una trampa. Esto no hace menos admirable su comportamiento. Es cierto que su «no» constituye un mero gesto ejecutado en una posición perdida; a pesar de todo, causará efecto. Esto no se notará, desde luego, en aquellos sitios donde el viejo mundo continúa bañándose en los rayos del sol poniente, no se notará en las hermosas colinas, en las islas, en suma, allí donde reinan climas más templados. En cambio, el otro noventa y ocho por ciento de los votos emitidos sí que causa en los citados sitios una impresión enorme y como hace ya mucho tiempo que viene celebrándose, de una manera cada vez más irreflexiva, el culto de la mayoría, se pasa por alto el mencionado dos por ciento. El papel que éste representa consiste en hacer visible, aplastante, la mayoría, pues ésta dejaría de serlo si se hubiera alcanzado el cien por cien de los votos.

Por tanto, en los países donde aún se conocen las elecciones auténticas un éxito tan grande como ése, la obtención de un noventa y ocho por ciento de los votos, provocará primero asombro y respeto, y luego envidia. Si el efecto de semejante éxito se deja sentir también en la política exterior, entonces esos sentimientos pueden trocarse de repente en odio y desprecio. Pero también en este caso se pasará por alto a los dos justos, al contrario de lo que hizo Dios en Sodoma. Se oirá decir que en aquel país se han conjurado todos con el mal y que se hallan maduros para una ruina bien merecida.

Ernst Jünger, La Emboscadura.

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La Emboscadura. 3° Parte

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La libertad de decir «NO» es restringida sistemáticamente.

Unas votaciones en las cuales el cien por cien de los votos concuerde con lo deseado es una cosa que casi no plantea ninguna dificultad desde el punto de vista técnico. Ya ha habido casos en que se ha alcanzado esa cifra; incluso se han dado casos en que se la ha sobrepasado, al aparecer en algunos distritos electorales un número de votos mayor que de votantes. Lo que tales incidentes ponen de manifiesto son fallos en la dirección escénica, fallos que no todas las poblaciones están dispuestas a consentir. En los sitios en que operan propagandistas más sagaces, las cosas se presentan más o menos de la manera siguiente: El cien por cien: una cifra ideal y, como todos los ideales, algo que nunca puede alcanzarse. Pero es posible acercarse a esa cifra – de modo muy similar a como en los deportes cabe acercarse en fracciones de segundo o de metro a ciertos records que también son inalcanzables. Una muchedumbre de cálculos complicados es lo que a su vez determina en qué grado cabe acercarse al ideal.

En aquellos sitios donde las dictaduras están ya firmemente asentadas, un noventa por ciento de «síes» sería algo que se apartaría demasiado del ideal. No cabe confiar en que a las masas se les ocurra la idea de que en todo diez por ciento se oculta un enemigo secreto. En cambio, una cifra de votos nulos y de «noes» que se moviese en torno al dos por ciento sería no sólo soportable, sino también favorable. Pero nosotros no vamos a considerar ese dos por ciento como algo residual ni a dejarlo, por tanto, de lado. Ese dos por ciento merece que le dediquemos un estudio detallado. Precisamente en los residuos es donde hoy en día se encuentran las cosas ,insospechadas.

El provecho que de ese dos por ciento saca el organizador de las elecciones es doble: por un lado, ese dos por ciento otorga curso legal al restante noventa y ocho por ciento de los votos, pues testifica que cada uno de los que votaron de este último modo podría haber votado en el mismo sentido en que lo hizo aquel dos por ciento. Con ello adquieren valor los «síes», se convierten en algo auténtico y que tiene completa validez. Para las dictaduras es importante demostrar que en ellas no está extinguida la libertad de decir «no». Este es uno de los máximos cumplidos que cabe rendir a la libertad.

La segunda ventaja de ese dos por ciento que estamos estudiando consiste en que mantiene el movimiento continuo del que no pueden prescindir las dictaduras. Tal es el motivo por el que éstas suelen presentarse siempre a sí mismas como un «partido», cuando en realidad eso es absurdo. Si se alcanzase el cien por cien de los votos, se alcanzaría el ideal. Pero esto traería consigo los peligros que siempre van anejos al cumplimiento pleno de algo. También es posible dormirse en los laureles de la guerra civil. En presencia de toda gran fraternización es preciso preguntarse: pero el enemigo ¿dónde está? Tales inclusiones son al mismo tiempo exclusiones – exclusiones de un tercero, de un tercero al que se odia, pero del que no es posible prescindir. La propaganda ha de recurrir a una situación en la cual, ciertamente, al enemigo del Estado, al enemigo de la clase, al enemigo del pueblo se le han propinado recios golpes en la cabeza y aun se lo ha convertido casi en una cosa ridícula, pero que, a pesar de ello, todavía no se ha extinguido del todo.

Las dictaduras no pueden vivir de la adhesión pura, si al mismo tiempo el odio y con él el terror no procuran los contrapesos.

Ahora bien, el terror se tornaría absurdo si los votos fueran buenos en un cien por cien; en ese caso el terror golpearía Únicamente a hombres justos. Este es el segundo significado que posee el aludido dos por ciento. El es la demostración de que los buenos son, sí, una inmensa mayoría, pero no se hallan enteramente libres de peligros. En cambio, cabe suponer que, en presencia de una unidad tan convicta, solamente una contumacia muy especial puede negarse con su comportamiento a participar en aquélla. Quienes así actúan son saboteadores que utilizan la papeleta de voto -¿y qué hay más sencillo que pensar que tales individuos pasarán a otras formas de sabotaje, si se les presenta la ocasión?

Este es el punto en que la papeleta de voto se transforma en folio de cuestionario. Aquí no es necesario suponer que vayan a exigirse responsabilidades individuales por la respuesta dada, mas de lo que sí se puede estar seguro es de que existen relaciones numéricas. Se puede estar seguro de que ese dos por ciento aparecerá también, de acuerdo con las reglas de la doble contabilidad, en unos registros diferentes de los de la estadística electoral; aparecerá, por ejemplo, en las listas de nombres de los presidios y de los campos de trabajo, o en aquellos lugares donde es Dios el único que cuenta las víctimas.

Tal es la segunda función que esa diminuta minoría desempeña con respecto a la inmensa mayoría – la primera función consistía, como hemos visto, en ser la minoría la que otorgaba valor, más aún, realidad a la mayoría del noventa y ocho por ciento. Más importante que esto es, empero, lo siguiente: nadie desea que lo cuenten entre ese dos por ciento; ese dos por ciento pone a la vista un insidioso tabú. Al contrario, cada cual otorgará importancia a que se difunda bien difundido que el voto emitido por él ha sido un voto bueno y si el individuo en cuestión formase por acaso parte del mencionado dos por ciento, ocultará eso aun a sus mejores amigos.

Otra ventaja del aludido tabú consiste en que está dirigido también contra la clase de los que no votan, contra los que se abstienen. La actitud consistente en no participar en las elecciones es una de las que llenan de inquietud a Leviatán; pero quien es ajeno al asunto tiende a sobreestimar la posibilidad de la abstención. A la vista de los peligros que la amenazan, esa actitud se esfuma con rapidez. Siempre podrá contarse, pues, con una participación casi total en las elecciones, y no será mucho menor el número de los votos emitidos en el sentido deseado por quien hizo la pregunta.

El votante dará importancia a que lo vean emitiendo su voto. Si desea proceder con total seguridad, también mostrará a algunos de sus conocidos la papeleta antes de introducirla en la urna. Lo mejor es hacer eso recíprocamente; así se podrá luego testificar que la cruz estaba puesta en el lugar debido. En esto hay un gran número de instructivas variantes; el buen europeo que no ha podido estudiar tales situaciones no puede hacerse idea de ellas ni aun en sueños. Así, un personaje que siempre se repite es el buen señor que entrega su papeleta al tiempo que dice, más o menos, esta frase:

-Pues también cabría depositarla abierta.

A lo que el funcionario electoral responde, con una sonrisa benévola y sibilina:

-Desde luego, desde luego… Pero no debe hacerse.

Realizar una visita a tales lugares es algo que aguza la vista para estudiar los problemas del poder. Uno se aproxima aquí a uno de sus centros vitales. Pero nos llevaría demasiado lejos el ocuparnos en los pormenores del montaje.

Vamos a contentarnos con el estudio de un personaje singular, el del hombre que entra en uno de esos locales con el firme propósito de votar «no».

Ernst Jünger, La Emboscadura.

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La Emboscadura- 2° Parte

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  1. Llevan a disyuntivas, como lo muestran las elecciones.

El lector habrá hecho ya en sí mismo la experiencia de que la esencia de las «cuestiones» ha sufrido cambios. Vivimos en unos tiempos en que continuamente están acercándose a nosotros poderes que vienen a hacernos preguntas, a plantearnos cuestiones. Yesos poderes no están llenos únicamente de un afán ideal de saber. Al aproximarse a nosotros con sus cuestiones, lo que de nosotros aguardan no es que aportemos una contribución a la verdad objetiva; más aún, ni siquiera aguardan que contribuyamos a la solución de los problemas. A lo que esos poderes conceden valor no es a nuestra solución, sino a nuestra contestación a las preguntas que nos hacen.

Esta diferencia es importante. Aproxima la cuestión al cuestionario, la interrogación al interrogatorio. Eso puede estudiarse bien en la evolución que lleva de la papeleta del voto al folio del cuestionario. La papeleta de voto tiene como objetivo verificar unas relaciones numéricas y evaluarlas. Pretende averiguar qué es lo que el votante quiere, y el proceso electoral se orienta a que esa voluntad del votante pueda expresarse con limpieza, sin sujeción a influencias ajenas. De ahí que la votación vaya acompañada también de un sentimiento de seguridad y aun de un sentimiento de poder, tal como corresponde a un acto libre de la voluntad ejecutado en el ámbito del derecho.

El hombre de nuestros días que se ve precisado a responder a un cuestionario está muy lejos de sentir tal seguridad. Las respuestas que da se hallan cargadas de graves consecuencias; de las contestaciones que ese hombre dé depende a menudo su propia suerte. Vemos cómo el ser humano está llegando a una situación en la cual se le exige que él mismo genere unos documentos que están calculados para provocar su ruina y son a menudo cosas tan irrelevantes las que hoy en día provocan la ruina…

Es evidente que lo que empieza a manifestarse en este cambio del modo de hacer preguntas es un orden de cosas enteramente diferente del que encontrábamos a comienzos de este siglo. En este nuevo orden no existe ya la antigua seguridad, y nuestro pensamiento se ve forzado a acomodarse a ello. Las preguntas arremeten contra nosotros con un rigor y una urgencia cada vez mayores, y nuestro modo de contestar adquiere una significación cada vez más grave. Aquí es preciso tener en cuenta que también el callar es una respuesta. Nos preguntarán entonces por qué hemos callado en tal momento y en tal lugar y nos pasarán la factura. Tales son las disyuntivas de nuestro tiempo, a las que nadie escapa.

Es notable el modo en que, así las cosas, todo se convierte en una respuesta, tal como aquí la entendemos, con lo cual todo se convierte también en materia de responsabilidad. Tal vez no se vea todavía con claridad suficiente, ni siquiera hoy, en qué medida la papeleta de voto, por poner un ejemplo, se ha transformado en folio de cuestionario. Pero eso lo tiene desde luego bien claro, en la medida en que actúa, todo ser humano que no posea realmente la suerte de vivir en un parque de protección de la naturaleza. Son nuestras actuaciones, más bien que las teorías que hacemos, las que hacen que estemos a tono con los peligros que nos amenazan. Ahora bien, no adquiriremos una seguridad nueva más que si recapacitamos sobre esto.

El votante en que aquí estamos pensando se acercará, pues, a la urna con unos sentimientos enteramente distintos de aquellos que experimentaban su padre o su abuelo. Desde luego que hubiera preferido con mucho mantenerse alejado de la urna; ahora bien, en ese alejamiento se hubiera expresado una respuesta inequívoca. Pero también aparece peligrosa la participación, puesto que no debe olvidarse que existe la dactiloscopia, la ciencia de las huellas digitales, y también unos métodos estadísticos muy sutiles. ¿Por qué, pues, votar, es decir, elegir, en una situación en que ya no queda elección?

La respuesta que a esta pregunta se da es que, al ofrecerle a nuestro votante la papeleta de voto, se le ofrece la ocasión de participar en un acto de aclamación. No a todo el mundo se lo considera digno de semejante ventaja – así, en las listas faltarán, sin ningún género de duda, los nombres de los innumerables desconocidos de los que se reclutan los nuevos ejércitos de esclavos. De ahí que el votante acostumbre a saber qué es lo que de él se aguarda.

Hasta aquí las cosas están claras. A medida que van desarrollándose las dictaduras, van reemplazando también las elecciones libres por los plebiscitos. Pero el ámbito abarcado por éstos es mayor que el que, con anterioridad a ellos, ocupaban las elecciones. Lo que ocurre es, más bien, que la elección misma se convierte ahora en una de las modalidades del plebiscito.

Este puede tener un carácter público, lo cual ocurre en los sitios donde se exponen a la vista los caudillos o los símbolos del Estado. El espectáculo de grandes masas movidas por las pasiones es uno de los más importantes signos indicativos de que hemos entrado en una edad nueva. En los sitios donde se ejerce tal fascinación, domina, si no la unidad de ánimo, sí la unidad de voces, pues si aquí se alzase una voz diferente formarían se a su alrededor remolinos que aniquilarían a quien la dijese. De ahí que la persona singular que quiere hacerse notar de esa manera pueda también decidirse en el acto a cometer un atentado: en sus consecuencias aboca a lo mismo.

Pero en los sitios donde el plebiscito se disfraza con la modalidad de las elecciones libres se concederá valor a mantener secreto su carácter de plebiscito. La dictadura pretende de ese modo aducir una demostración no solamente de que se apoya en la mayoría, sino de que el aplauso de ésta tiene al mismo tiempo sus raíces en la libre voluntad de cada cual. El arte del caudillaje no consiste sólo en plantear bien la pregunta, sino, a la vez, en escenificarla bien, en su puesta en escena; y ésta es un monopolio. La puesta en escena tiene la misión de presentar el proceso como un coro avasallador, que mueve a terror y admiración. Hasta aquí las cosas parecen clarísimas, aunque a un espectador de cierta edad le resultan desde luego novedosas. El votante se ve confrontado a una pregunta tal, que resulta recomendable contestarla en el sentido deseado por quien la hizo, y ello por motivos aplastantes. Pero la verdadera dificultad está en que al mismo tiempo debe conservarse la ilusión de la libertad. Con ello la cuestión desemboca en la estadística, como en ella desembocan todos los procesos morales que se dan en estos ámbitos. Vamos a ocuparnos en sus detalles con cierto detenimiento. Ellos serán los que nos conduzcan a nuestro tema.

Ernst Jünger, La Emboscadura.

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La Emboscadura- 1° Parte

Trabajo-esclavo

1. Las preguntas que se nos hacen van simplificándose y exacerbándose.

«Irse al bosque», «emboscarse» – lo que detrás de esas expresiones se esconde no es una actividad idílica. Antes al contrario, el lector de este escrito habrá de disponerse a emprender una excursión que da que pensar, una caminata que conducirá no sólo allende los senderos trillados, sino también allende los límites de este libro.

La cuestión de que aquí se trata es una cuestión medular de nuestro tiempo, es decir, una cuestión que en todo caso entraña peligros amenazadores. Al igual que lo hicieron en su momento nuestros padres y nuestros abuelos, también nosotros hablamos mucho de «cuestiones». De entonces acá eso que se denomina en este sentido una cuestión ha sufrido ciertamente cambios significativos. ¿Hemos llegado a cobrar conciencia de esto en grado suficiente?

No quedan tan lejos de nosotros los tiempos en que tales cuestiones eran vistas como grandes enigmas -como el «enigma del mundo», por ejemplo- y abordadas con optimismo, con un optimismo que se creía capaz de hallarles solución. Las otras cuestiones diferentes de éstas eran consideradas más bien como problemas prácticos; así, la cuestión femenina o la cuestión social en general. También de estos problemas se pensaba que eran solucionables, aunque la solución no se esperaba tanto de la investigación cuanto de la evolución de la sociedad hacia unos órdenes nuevos.

Entretanto la cuestión social ha quedado resuelta en vastas zonas de nuestro planeta. La sociedad sin clases ha hecho evolucionar de tal manera esa cuestión, que ésta ha pasado a convertirse más bien en una parte de la política exterior. Esto no quiere decir, naturalmente, que estén desapareciendo sin más las cuestiones, como se creyó en los primeros momentos de euforia -afloran a la superficie, por el contrario, otras cuestiones, unas cuestiones que son distintas de las anteriores y más candentes que ellas. Con una de estas cuestiones vamos a ocuparnos aquí.

 

Ernst Jünger, La Emboscadura.

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La Emboscadura-Intro

 

0_EMBOSCADURA_INTRDUCCIONDesde hoy y por unos días recorreremos juntos, si así lo desean, el libro de Ernst Jünger, La Emboscadura.

Tendremos la oportunidad de recorrer juntos este breve ensayo en donde el autor realiza una crítica a algunos de los científicos de la política, expertos en derecho público y derecho civil, que no son capaces de captar el sentido de los tiempos. Hasta que el hombre no capte el sentido de lo que está sucediendo en su totalidad no podrá ejercer su libertad de un modo completo, el hombre no surgirá con una nueva apariencia mientras no comprenda qué está sucediendo hoy.

Jünger se enfrenta al problema y previene contra ambas posibilidades proponiendo la “emboscadura”, que tiene como fin conseguir ser una persona singular en un mundo tan agresivo contra las singularidades y tan disolvente de las comunidades locales. En este mundo la “mediocridad va asociada a un poder funcional enorme”, y ni la enorme burocracia, ni las Sociedades Anónimas, ni los supra-Estados, ni las agencias de calidad, ni las megalópolis, ni la opinión pública, reflejan un ápice de personalidad ni de carácter. El gigantesco poder funcional va irremediablemente asociado a la depresión del carácter personal de las relaciones humanas. En el tiempo se desvela, pues, una nueva relación con el poder, aquella en la que la respuesta personal no puede ignorar la omnipresencia del Poder, y “en el fondo no es posible considerar por separado la tiranía y libertad, (…) la tiranía sólo puede llegar a ser posible en aquellos sitios donde la libertad se ha domesticado y diluido en un huero concepto de sí misma”. El nuevo poder exige una respuesta también nueva, en la que, para empezar, “uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que esté dispuesto a que lo despellejen”.

El poder aparece hoy con la forma de un Estado neutralizador que controla la conciencia con la sutil perversión de que ningún tipo de vida comunitaria es necesaria, y con la convicción de que el problema se encuentra en la personalidad y la solución en la neutralidad técnica. Un poder así exige el paso personal de la acción al ser. Ya no basta con actuar con libertad, hay que ser libre. La cuestión ha pasado a ser existencial, total, personal. Ya no se trata de una organización libre, sino de personas libres. Así, paradójicamente, este poder prácticamente total provoca, a su vez, su contrario, una libertad más pura: “este mundo que está lleno de coacciones y de medios de coaccionar habrá de servir para poner de manifiesto la libertad en su entero esplendor”.

Serán aproximadamente 34 entregas, de ser posible 1 cada día, distribuidas de la siguiente manera . Espero que esta idea sea de su agrado. Cada entrega la iremos sumando al hashtag #emboscado_social_La_Emboscadura.

INDICE

-INTRODUCCIÓN

1. Las preguntas que se nos hacen van simplificándose y exacerbándose.

2. Llevan a disyuntivas, como lo muestran las elecciones.

3. La libertad de decir «no» es restringida sistemáticamente.

4. Está destinada a dejar patente la superioridad de quien hace las preguntas

5. y se ha convertido en un riesgo

6. que se asume en un sitio tácticamente equivocado.

7. Lo dicho no pretende ser una objeción contra su significado moral.

8. La “emboscadura” representa una nueva respuesta de la libertad.

9. Los hombres libres son poderosos, aunque constituyen únicamente una minoría pequeñísima.

10. Nuestro tiempo es pobre en grandes hombres, pero produce figuras.

11. La amenaza genera pequeñas minorías selectas.

12. Junto a las figuras del Trabajador y del Soldado Desconocido aparece una tercera figura, el Emboscado.

13. El miedo

14. puede ser vencido por la persona singular

15. si ésta adquiere conocimiento de su poder.

16. La emboscadura, en cuanto conducta libre en la catástrofe,

17. es independiente de las fachadas político-técnicas y de sus agrupaciones.

18. La emboscadura no contradice a la evolución,

19. sino que introduce libertad en ella mediante la decisión de la persona singular.

20. En la emboscadura la persona singular se confronta consigo misma en su sustancia individual e indestructible.

21. Esa confrontación expulsa el miedo a la muerte.

22. Aquí las Iglesias no pueden dar más que asistencia,

23. pues, en su decisión, la persona singular está solitaria,

24. y el teólogo puede, ciertamente, hacerle cobrar consciencia de su situación,

25. pero no sacarla de ella.

26. El emboscado atraviesa por su propia fuerza el meridiano cero.

27. En las esferas de la medicina,

28. del derecho

29. y del empleo de las armas la decisión soberana corresponde al emboscado,

30. quien tampoco en la moral actúa de acuerdo con doctrinas

31. y se reserva la aceptación de las leyes. El emboscado no participa en el culto del crimen.

32. El decide la naturaleza de su propiedad y el modo de afirmarla.

33. Es consciente de la inatacable profundidad

34. desde la cual también la Palabra otorga, una y otra vez, plenitud al mundo. En eso reside la misión del «Aquí y ahora».

 

Cordialmente

Ernesto Oscar