Jean-Paul-Sartre-La-Nausea30_01

JEAN-PAUL SARTRE-LA NÁUSEA-III

Martes 30 de enero de 1932.

Nada nuevo.

He trabajado de nueve a una en la biblioteca. Dejé listo el capítulo XII y todo
lo concerniente a la estadía de Rollebon en Rusia, hasta la muerte de Pablo I. Es
trabajo terminado; queda así hasta pasarlo en limpio.
Es la una y media. Estoy en el café Mably, como un sandwich, todo es casi
normal. Además, en los cafés todo es siempre normal, y especialmente en el café
Mably, gracias al encargado, M. Fasquelle, que ostenta en su cara un aire
canallesco muy positivo y tranquilizador. Pronto será la hora de la siesta y tiene
los ojos rosados, pero su porte sigue siendo vivo y decidido. Se pasea entre las
mesas y se acerca confidencialmente a los parroquianos:
—¿Está bien así, señor?
Sonrío al verlo tan vivaz; a las horas en que su establecimiento se vacía,
también su cabeza se vacía. De dos a cuatro el café queda desierto; entonces M.
Fasquelle da unos pasos con aire estúpido, los mozos apagan las luces y él se
desliza en la inconsciencia; cuando este hombre está solo, se duerme.
Todavía hay unos veinte clientes, célibes, modestos ingenieros, empleados.
Almuerzan rápidamente en pensiones de familia que ellos llaman ranchos, y
como necesitan un poco de lujo, vienen aquí, después de la comida, toman un
café y juegan al poker de ases; hacen un poco de ruido, un ruido inconsistente
que no me molesta. También ellos necesitan ser muchos para existir.
Yo vivo solo, completamente solo. Nunca hablo con nadie; no recibo nada, no
doy nada. El Autodidacto no cuenta. Está Françoise, la patrona del Rendez-vous
des Cheminots. ¿Pero acaso le hablo? A veces, después de la cena, cuando me sirve
un bock, le pregunto:
—¿Tiene usted tiempo esta noche?


Nunca dice que no, y la sigo a una de las grandes habitaciones del primer
piso, que alquila por hora o por día. No le pago; hacemos el amor de igual a
igual. A ella le gusta (necesita un hombre diariamente, y tiene muchos otros,
además de mí), y yo me purgo así de ciertas melancolías cuya causa conozco
demasiado bien. Pero cambiamos apenas unas palabras. ¿A santo de qué? Cada
uno para sí; por lo demás, a sus ojos continúo siendo ante todo un cliente del
café. Me dice, quitándose el vestido:
—Dígame, ¿conoce usted el aperitivo Bricot? Porque dos clientes lo han
pedido esta semana. La chica no sabía, vino a avisarme. Eran viajeros; lo habrán
bebido en París. Pero no me gusta comprar sin saber. Si no le molesta, me dejaré
las medias.
En otra época —aun mucho después de que me dejó— pensaba en Anny.
Ahora ya no pienso en nadie; ni siquiera me cuido de buscar palabras. La cosa se
desliza en mí más o menos rápido; no fijo nada, la dejo correr. La mayor parte
del tiempo, al no unirse a palabras, mis pensamientos quedan en nieblas Dibujan formas vagas y agradables, se disipan; enseguida los olvido.
Esos jóvenes me maravillan; mientras beben el café cuentan historias claras y
verosímiles. Si se les pregunta qué han hecho ayer, no se turban: os enteran en
dos palabras. En su lugar, yo farfullaría. Es cierto que desde hace mucho nadie se
ocupa de cómo empleo el tiempo. El que vive solo ni siquiera sabe qué es contar;
lo verosímil desaparece al mismo tiempo que los amigos. También deja correr los
acontecimientos; ve surgir bruscamente gentes que hablan y se van; se sumerge
en historias sin pies ni cabeza; sería un execrable testigo. Pero, en compensación,
no pasa por alto todo lo inverosímil, todo lo que nadie creería en los cafés. Por
ejemplo, el sábado, a eso de las cuatro de la tarde, en el caminito de tablas del
depósito de la estación, una mujercita de celeste corría hacia atrás, riendo,
agitando un pañuelo. Al mismo tiempo, un negro con impermeable crema,
zapatos amarillos y sombrero verde, doblaba la esquina y silbaba. La mujer
tropezó con él, siempre retrocediendo, bajo una linterna suspendida en la
empalizada, que se enciende a la noche. Había, pues, allí, al mismo tiempo, el
cerco que huele a madera mojada, la linterna, la mujercita rubia en los brazos del
negro, bajo un cielo de fuego. De haber sido cuatro o cinco, supongo que
hubiéramos notado el choque, todos aquellos colores tiernos, el hermoso abrigo
azul que parecía un edredón, el impermeable claro, los vidrios rojos de la
linterna; nos hubiéramos reído de la estupefacción que manifestaban esos dos
rostros de niños.
Es raro que un hombre solo tenga ganas de reír; el conjunto se animó para mí
de un sentido muy fuerte y hasta hosco, pero puro. Después se dislocó; sólo
quedó la linterna, la empalizada, el cielo; todavía era bastante bello. Una hora
después la linterna estaba encendida, soplaba el viento, el cielo en negro; ya no
restaba absolutamente nada.
Todo esto no es muy nuevo; nunca he negado estas emociones inofensivas; al
contrario. Para sentirlas basta estar un poquitito solo, justo lo necesario para
desembarazarse de la verosimilitud en el momento oportuno. Pero me quedaba
cerca de las gentes, en la superficie de la soledad, decidido a refugiarme, en caso
de alarma, en medio de ellas; en el fondo era hasta entonces un aficionado.
Ahora, en todas partes hay cosas como este vaso de cerveza, aquí, sobre la
mesa. Cuando lo veo me dan ganas de decir: pido, no juego más. Comprendo
muy bien que he ido demasiado lejos. Supongo que uno no puede prever los
inconvenientes de la soledad. Esto no quiere decir que mire debajo de la cama
antes de acostarme, ni que tema ver abrirse bruscamente la puerta de mi cuarto
en mitad de la noche. Pero de todos modos, estoy inquieto; hace una media hora
que evito mirar este vaso de cerveza. Miro encima, debajo, a derecha, a izquierda;
pero a él no quiero verlo. Y sé muy bien que todos los célibes que me rodean no
pueden ayudarme en nada; es demasiado tarde, ya no puedo refugiarme entre
ellos. Vendrían a palmearme el hombro, me dirían: “Bueno, ¿qué tiene este vaso de cerveza? Es como los otros. Es biselado, con un asa, lleva un escudito con una
pala y sobre el escudo una inscripción: Spatenbräu. Sé todo esto, pero sé que hay
otra cosa. Casi nada. Pero ya no puedo explicar lo que veo. A nadie. Ahora me
deslizo despacito al fondo del agua, hacia el miedo.
Estoy solo en medio de estas voces alegres y razonables. Todos esos tipos se
pasan el tiempo explicándose, reconociendo con felicidad que comparten las
mismas opiniones. Qué importancia conceden, Dios mío, al hecho de pensar
todos juntos las mismas cosas. Basta ver la cara que ponen cuando pasa entre
ellos uno de esos hombres con ojos de pescado que parecen mirar hacia adentro,
y con los cuales nunca pueden ponerse de acuerdo. Cuando yo tenía ocho años y
jugaba en el Luxemburgo, había uno que iba a sentarse en una silla junto a la
verja que costea la calle Auguste Comte. No hablaba, pero de vez en cuando
extendía la pierna y se miraba el pie con aire espantado. En ese pie llevaba un
botín, en el otro una pantufla. El guardián dijo a mi tía que era un antiguo
celador. Lo habían jubilado porque fue a clase a leer las notas trimestrales con
frac de académico. Le teníamos un miedo horrible porque sabíamos que estaba
solo. Un día sonrió a Robert tendiéndole los brazos desde lejos; Robert estuvo a
punto de desvanecerse. No era el aire miserable de aquel tipo lo que nos daba
miedo, ni el tumor que tenía en el pescuezo y que el borde del cuello postizo
rozaba; sentíamos que elaboraba en su cabeza pensamientos de cangrejo o
langosta. Y nos aterrorizaba que pudieran concebirse pensamientos de langosta
sobre la silla, sobre nuestros aros, sobre los arbustos.
¿Es eso lo que me espera? Por primera vez me hastía estar solo. Quisiera
hablar a alguien de lo que me pasa, antes de que sea demasiado tarde, antes de
inspirar miedo a los chiquillos. Quisiera que Anny estuviese aquí.
Es curioso: acabo de llenar diez páginas y no he dicho la verdad, por lo menos
no toda la verdad. Cuando escribí, debajo de la fecha: “Nada nuevo”, tenía la
conciencia intranquila por esto: en realidad una pequeña historia, que no es ni
vergonzosa ni extraordinaria, se negaba a salir. “Nada nuevo”. Me admira cómo
se puede mentir poniendo a la razón de parte de uno. Evidentemente, no se
produjo nada nuevo, si se quiere: esta mañana, a las ocho y cuarto, cuando salí
del hotel Printania para ir a la biblioteca, quise levantar un papel que había en el
suelo y no pude. Esto es todo, y ni siquiera es un acontecimiento. Sí, pero para
decir toda la verdad, me impresionó profundamente: pensé que ya no era libre.
En la biblioteca traté de librarme de esta idea, sin conseguirlo. Quise huirle en el
café Mably. Esperaba que se disiparía con las luces. Pero se quedó allí, en mi
interior, pesada y dolorosa. Ella me dictó las páginas anteriores.
¿Por qué no la mencioné? Ha de ser por orgullo y también un poco por
torpeza. No tengo costumbre de contarme lo que me sucede, por eso me resulta difícil encontrar la sucesión de los acontecimientos, no distingo lo que es
importante. Pero ahora se acabó; he releído lo escrito en el café Mably y me ha
dado vergüenza; no quiero secretos, ni estados de alma, ni cosas indecibles; no
soy ni virgen ni sacerdote para jugar a la vida interior.
No hay gran cosa que decir: no pude levantar el papel, eso es todo.
Me gusta mucho recoger las castañas, los trapos viejos, sobre todo los papeles.
Me resulta agradable cogerlos, cerrar mi mano sobre ellos; por poco me los
llevaría a la boca como los niños. Anny montaba en cólera cuando me veía
levantar por una punta papeles pesados y untuosos, pero probablemente sucios
de excrementos. En verano o a comienzos del otoño se encuentran en los jardines
pedazos de periódicos que el sol ha cocinado, secos y quebradizos como hojas
muertas, tan amarillos que se dirían pasados por ácido pícrico. En invierno hay
montones de papeles aplastados, sucios; vuelven a la tierra. Otros nuevos, y
hasta lustrosos, blancos, palpitantes, se posan como cisnes, pero la tierra ya los
deshace por debajo. Se retuercen, escapan al fango, para ir á aplastarse un poco
más lejos, definitivamente. Es lindo recoger todo eso. A veces los palpo
simplemente, mirándolos de muy cerca; otras los rompo para oír su larga
crepitación, o bien, si están muy húmedos, les prendo fuego con no poco trabajo;
después me limpio las palmas de las manos embarradas en una pared o en el
tronco de un árbol.
Pues bien, hoy estaba mirando las botas leonadas de un oficial de caballería
que salía del cuartel. Al seguirlas con la mirada, vi un papel junto a un charco.
Creí que el oficial iba a hundir con el tacón el papel en el barro; pero no: de un
tranco pasó por encima del papel y del charco. Me acerqué: era una hoja rayada,
sin duda de un cuaderno de escuela. La lluvia la había empapado y retorcido;
estaba llena de granitos e hinchazones como una mano quemada. La línea roja
del margen, desteñida, había dejado una sombra color de rosa; la tinta estaba
corrida en algunos lugares. La parte inferior de la hoja desaparecía bajo una
costra de barro. Me incliné; ya me regocijaba pensando en tocar la pasta tierna y
fresca que formaría entre mis dedos bolitas grises… No pude.
Me quedé agachado un segundo; leí: “Dictado: El búho blanco”, después me
incorporé con las manos vacías. Ya no soy libre, ya no puedo hacer lo que quiero.
Los objetos no deberían tocar, puesto que no viven. Uno los usa, los pone en
su sitio, vive entre ellos; son útiles, nada más. Y a mí me tocan; es insoportable.
Tengo miedo de entrar en contacto con ellos como si fueran animales vivos.
Ahora veo; recuerdo mejor lo que sentí el otro día, a la orilla del mar, cuando
tenía el guijarro. Era una especie de repugnancia dulzona. ¡Qué desagradable
era! Y procedía del guijarro, estoy seguro; pasaba del guijarro a mis manos. Sí, es
eso, es eso; una especie de náusea en las manos.

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