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La dialéctica es el método de conocimiento que refleja el carácter cambiante y contradictorio de la realidad. El universo en su conjunto está constituido por opuestos que se excluyen mutuamente, generando las consecuentes tensiones internas que le confieren su correspondiente dinamismo. La naturaleza variable de la realidad se expresa en el despliegue de sus contradicciones, la dialéctica simplemente se limita a clarificar las leyes que rigen el movimiento.

La permanente lucha entre opuestos que conforman las contradicciones de la realidad se resuelve sinteticamente mediante su superación, generando nuevas situaciones en las que se dan nuevas contradicciones fruto de esa lucha constante. El desequilibrio de esa pugna produce nuevos equilibrios relativos que contienen en sí mismos oposiciones que, posteriormente, darán lugar a nuevos desequilibrios. La realidad existe como proceso en el que se manifiestan de forma permanente diferentes cambios, todos ellos propiciados por las oposiciones que residen en su naturaleza contradictoria. La dialéctica establece la naturaleza cíclica y circular por la que se producen los cambios.

La ley del desarrollo dialéctico expresa dicha circularidad en el retorno al inicio en un estado cualitativamente distinto. La realidad en general, pero también las cosas, los hechos y las situaciones en particular, contienen en su interior su propia negación, su antítesis, cuya oposición se resuelve dialécticamente en una síntesis superadora, la cual integra y sintetiza lo que de válido existe tanto en la tesis como en la antítesis. La síntesis no constituye una vuelta al principio en sentido literal, sino más bien la realización y reaparición de las formas primitivas que se daban en la tesis pero a un nivel cualitativamente diferente.

Cada fuerza lleva en sí misma una fuerza opuesta que, como negación, genera tensiones contrapuestas que se despliegan en el espacio y en el tiempo de forma dialéctica, por medio de su constante y continua superación en situaciones cualitativamente diferentes. Todo esto define la estructura cíclica del propio cambio y del desenvolvimiento de la realidad en su conjunto, la que contaría con fases de crecimiento y de expansión, y fases de caída y de retraimiento.

Las fases ascendentes y descendentes que marcan la estructura general del acontecer, siguen la ley del cambio dialéctico, de manera que los cambios cuantitativos, por acumulación, dan lugar a cambios cualitativos en la realidad. Así, en el desarrollo cósmico del universo los diferentes ciclos vendrían determinados por esta lógica, de manera que el proceso general contaría con una primera fase de crecimiento que culminaría, como punto álgido, en una situación de apogeo tras la cual sobrevendría la decadencia y el retorno al origen que, posteriormente, daría lugar a un nuevo comienzo.

Lo importante y fundamental es que en cada fase se desarrolla una acumulación cuantitativa de cambios que, generalmente, son insignificantes e inadvertidos al producirse de forma gradual, pero cuya acumulación origina cambios manifiestos que acontecen de forma súbita y repentina. Es así como los cambios cuantitativos se transforman en cualitativos en el momento en el que se alcanza un estado de transición en el que se da una rápida aceleración, lo que hace que la cantidad se transforme en cualidad y la nueva situación adopte también nuevas propiedades.

Las fases de crecimiento y expansión concluyen en el preciso momento en el que se llega a una situación de apogeo, de plenitud, en la que se han agotado todas las posibilidades correspondientes a dicha fase. Se ha dado, entonces, una completa acumulación de cambios cuantitativos que, finalmente, han supuesto un cambio cualitativo de la realidad con el comienzo de la fase de caída que, una vez más, constituye el retorno al origen.

La hegemonía y desarrollo de una fuerza implica que, a largo plazo y una vez agotadas sus posibilidades, sea su opuesta la que se convierta en la dominante. La negación corresponde a la fase de caída y de retorno al origen, el cual culmina con la extinción de todas sus posibilidades. Se vuelve al estado inicial de unidad entre opuestos, síntesis superadora que pone fin a todo un ciclo alcanzando una nueva situación de equilibrio relativo que sigue albergando contradicciones, las mismas que posteriormente continuarán desplegándose dialécticamente con el comienzo de un nuevo ciclo.

El actual periodo de decadencia es fruto del desarrollo pleno de un periodo previo de crecimiento, cuya culminación se produjo con el agotamiento de todas sus posibilidades. Así, sería preciso señalar la importancia del papel que ejercen las estructuras que, como creación humana, determinan el sentido histórico de una fase, pues dan lugar a una situación que se impone a las generaciones siguientes condicionando su actividad. Las estructuras, como producto humano, adquieren así su correspondiente dimensión histórica al interactuar con el hombre, quien no se limita a padecer sus consecuencias sino que con su actividad contribuye a modificarlas y a transformarlas, siendo de este modo al mismo tiempo sujeto y objeto de la historia.

El desarrollo de las estructuras se realiza en interacción con el hombre, influenciándose recíprocamente, de manera que estas perviven y se desarrollan históricamente mientras el hombre sea capaz de dar respuesta a los constantes estímulos que, en forma de desafíos, se vayan presentando. Los desafíos exigen respuestas por medio de las que las estructuras despliegan todas sus posibilidades hasta agotarlas. Sin embargo, cuando ante un nuevo desafío no se genera la correspondiente respuesta que suponga su superación, se produce el comienzo de una fase de caída y decadencia fruto del agotamiento de la potencialidad de dichas estructuras en conjunción con la incapacidad de respuesta del hombre ante los nuevos retos.

Por tanto, el fin de un periodo de crecimiento y expansión viene marcado por ese momento álgido en el que, ante un nuevo desafío, ya no se producen más respuestas, lo que aboca irremisiblemente a una situación de decadencia que se expresa en un creciente desorden, el cual es producto del desmoronamiento de las estructuras rectoras y la incapacidad del hombre por superar los nuevos retos.

La naturaleza de la fase descendente es la tendencia a una creciente indiferenciación en todos los orbes de la vida humana, así como el proceso disolvente al que se encuentra intrínsecamente unida toda decadencia. La existencia de una creciente adversidad está vinculada a la ausencia, por parte del hombre, de respuestas a los estímulos que se producen, lo que agrava aún más el desmoronamiento de las viejas estructuras.

El principio de inversión dentro del período de decadencia actúa siguiendo la lógica dialéctica ya descrita, por lo que los cambios cuantitativos terminan, finalmente, convirtiéndose en cambios cualitativos. La suma gradual de pequeños y diferentes cambios cuantitativos generan a largo plazo una saturación, llegando al umbral en el que dichos cambios se transforman en un cambio cualitativo de la realidad.

Toda decadencia es portadora de un nuevo renacer, pero para que dicho nuevo comienzo se produzca es necesario que el período de debacle sea llevado hasta sus últimas consecuencias, es decir, sean agotadas todas sus posibilidades de tal forma que estas no puedan volverse a reproducir. Toda tendencia que se desarrolla al máximo lleva en sí una tendencia opuesta que la destruye.

Lo anterior implica la agudización de una situación dada, lo que supone la acumulación cuantitativa de cambios al mismo tiempo que se produce una aceleración de los acontecimientos, los cuales se precipitan con creciente rapidez hasta el límite en el que se da la transición brusca y repentina, rompiendo así con la esencia del presente y dando un salto cualitativo en la realidad.

Lo que se opone a dicha aceleración que agota el potencial de una fase, y que por el contrario se propone mantener y perpetuar la esencia del presente, es el espíritu de subversión consustancial a la etapa actual de caída. El papel que juega la subversión es perpetuar el presente bajo formas renovadas, por este motivo la subversión se define en términos de “contra-revolución”, pues la revolución, como tal, representa el tránsito súbito a una realidad cualitativamente diferente del presente con la que se produce un nuevo comienzo. Así, toda corriente subversiva posterga a un futuro indeterminado el advenimiento de la revolución para, mientras tanto, salvaguardar y eternizar la esencia del presente.

La evolución, a través de la inversión, pone fin a todo un ciclo. Situada en su debido contexto cósmico implica el fin de una gran era y el comienzo de otra, o lo que a nivel escatológico significaría llevar al mundo a aquella situación que lo colocaría más allá del devenir histórico. En cualquier caso, la evolución representa el momento de transición en el proceso dialéctico, la antítesis, la negación manifiesta a una determinada tendencia, que hace posible la gran síntesis superadora con la que los opuestos son conciliados recobrando su unidad primigenia en un contexto cualitativamente diferente.
Fuente: El emboscado

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