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El modo en el que la realidad es percibida, y por tanto representada, viene organizado por los discursos dominantes en la sociedad que determinan qué es cierto y qué no lo es, de manera que establecen la forma en la que debe ser interpretado el mundo para que el conjunto de la sociedad lo haga del mismo modo. Así es como se establecen los regímenes de verdad que nos dicen aquello que es cierto y que establecen los modos en los que se obtiene la verdad. Tal y como afirmó Foucault:

“Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su “política general” de la verdad: es decir, los tipos de discurso que acoge y hace funcionar como verdaderos o falsos, el modo cómo se sancionan unos y otros; las técnicas y los procedimientos que están valorizados para la obtención de la verdad; el estatuto de quienes están a cargo de decir lo que funciona como verdadero”.[1]

Los discursos son redes de predicados que obedecen a una misma lógica y que se retroalimentan mutuamente de tal modo que contienen ideas, conceptos, valores, creencias, etc., que definen la realidad, que organizan la experiencia del mundo que tiene el sujeto y por extensión la sociedad. En última instancia estos discursos nacen de una arbitrariedad que impone el modo en el que la realidad debe ser interpretada al carecer de un fundamento propio. De esta forma lo que socialmente es considerado como verdad es en el fondo una convención, y sobre todo el resultado de un sistema de poder que la produce.

Así es como se establece “|…| “el conjunto de reglas según las cuales se distingue lo verdadero de lo falso y se aplica a lo verdadero efectos específicos de poder” |…| Por “verdad”, entender un conjunto de procedimientos regulados por la producción, la ley, la repartición, la puesta en circulación y el funcionamiento de los enunciados. La “verdad” está ligada circularmente a sistemas de poder que la producen y la sostienen, y a efectos de poder que induce y la prorrogan. “Régimen” de la verdad”.[2]

En la época premoderna la religión constituía el discurso dominante en la sociedad, con lo que establecía una serie de referentes interpretativos que establecían las verdades y dogmas socialmente aceptados en función de los que era entendido el mundo. La religión no dejaba de ser un instrumento de poder que controlaba la percepción y representación de la realidad social, y por ello también el sentido y significado de los objetos sociales. Al mismo tiempo que establecía el modo de entender la realidad, la religión también se ocupaba de impregnar a la sociedad con una serie de valores que se hacían intersubjetivos, y que al mismo tiempo organizaban el modo de relacionarse de los individuos. En lo que a esto respecta los discursos religiosos han articulado el lenguaje y la comunicación social al prescribir determinadas formas de comportamiento, y orientado así la conducta del sujeto. En este sentido la religión se ocupaba de canalizar las relaciones sociales, de orientarlas y dirigirlas hacia fines preestablecidos por las elites dominantes encargadas de gestionar el discurso religioso imperante, y por tanto el régimen de verdad establecido.

La modernidad supuso una progresiva secularización de la sociedad en tanto en cuanto el propio fenómeno moderno ha consistido en una progresiva acumulación, concentración y centralización de poderes en manos del Estado que se ha ocupado de expropiar todos los medios de dominación política, económica, tecnológica e ideológica. Como resultado de este proceso el Estado secularizó a la sociedad, y con ello la religión perdió importancia a la hora de entender la realidad y el mundo. En lo que a esto respecta el discurso dominante varió significativamente dado que la legitimidad del poder establecido dejó de remitir a un mundo sobrenatural, y pasó a recabarla de la propia sociedad.

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De este modo ya nos encontramos con que a finales del s. XVII, a pesar de las precedentes guerras de signo religioso, en Inglaterra tuvo lugar una revolución en la que sus protagonistas se manifestaron en términos legales más que religiosos, lo que ya es una clara muestra del carácter más o menos secular que había adoptado la sociedad en un momento, como el s. XVII, en el que la religión todavía tenía mucha fuerza.[3]

Pero el punto de inflexión definitivo en este proceso fue dado a finales del s. XVIII, principalmente con la revolución francesa, momento en el que las monarquías absolutas, que recababan su legitimidad del supramundo, fueron progresivamente sustituidas por regímenes más o menos parlamentarios cuya legitimidad era ubicada en la sociedad.

Con el desmoronamiento del discurso religioso como discurso ideológico dominante se vinieron abajo los referentes hasta entonces predominantes, y con ello la mayor parte de ideas imperantes que daban forma al modo de entender la realidad que tenía la sociedad, y consecuentemente los códigos de conducta hegemónicos. Como resultado de este proceso emergieron las ideologías como marcos discursivos que explican y organizan la realidad y las experiencias como un todo. De esta forma las ideologías se han convertido en metarrelatos, en teorías omnicomprensivas y totalizantes encargadas de ordenar, clasificar y jerarquizar experiencias y conocimientos que se ocupan de explicar. Cada discurso ideológico adquiere un carácter totalizante y multiabarcador con el que asume la comprensión de hechos científicos, históricos o sociales a los que ofrece una explicación, sirviendo así como sistema de interpretación total que se estructura a partir de unos determinados esquemas discursivos, los cuales se organizan según una lógica interna que conduce su dinámica abarcante y universalizadora en la interpretación global del mundo y de la realidad. Así es como las ideologías crean su propio espacio, su propio territorio al ser un desdoblamiento del pensamiento que se representa a sí mismo y que transforma los sentidos y significados, lo cual se manifiesta en el lenguaje, en las palabras, en las expresiones y en los contextos que logran articular. Las ideologías se apropian del mundo al construirlo en la conciencia del sujeto, al convertirse en  referentes socialmente aceptados para la comprensión de la realidad, en epistemes que imponen su particular régimen de verdad.

Las ideologías, como referentes sociales más o menos antagónicos, generan sus propios espacios en sus luchas por alcanzar la hegemonía y lograr el monopolio en la gestión del saber y en la representación social de la realidad, es decir, en la imposición de su particular forma de entender y concebir el mundo. Todo esto se manifiesta en los sentidos y significados de los objetos sociales, en los valores intersubjetivos, las ideas dominantes, las creencias, los dogmas, etc., pero de forma particular en el lenguaje como representación del pensamiento y, sobre todo, como instrumento de comunicación de ideas y mensajes, pero especialmente como herramienta política para la dominación. Esto explica en gran parte el interés del Estado por hacerse con el control de la gestión del lenguaje mediante la creación de las diferentes academias encargadas de su regulación, tal y como ocurre en el caso español con la RAE, fundada en 1714 a imitación de la Academia Francesa. Esto no hace sino mostrar la estrecha vinculación entre lenguaje y política, y más concretamente la ideologización del lenguaje como espacio de luchas dialécticas e ideológicas en la búsqueda y conquista del poder. Inevitablemente esto ha contribuido a una alteración completa de los sentidos y significados que, lejos de responder a una referencia común obedecen a postulados ideológicos y políticos diferentes que hacen que exista una pluralidad de sentidos, y por tanto también de significados, en la articulación del lenguaje, pero especialmente en la configuración del contexto mediante los discursos que representan la realidad.

El resultado de todo lo anterior no puede ser otro que una politización de todas las esferas de la vida humana a través del lenguaje, y sobre todo una ruptura de sentidos y significados dada la fragmentación propiciada por el influjo de las propias ideologías. Todo esto ha generado un desorden comunicacional que dificulta el entendimiento y que fagocita el conflicto, la lucha política permanente llevada a todos los terrenos que pasa a conformar un territorio al que el individuo es obligado a adaptarse al estar permanentemente en pie de guerra frente al otro. Esto no ha hecho sino crear un verdadero problema de comunicación interpersonal, y con ello a favorecer la proliferación y permanente reproducción de una conflictividad interpersonal que tiende a perpetuarse y a retroalimentarse.

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El Otro es visto como un rival, un enemigo, lo que no deja de ser la exteriorización de una nueva subjetividad imbuida de la voluntad de poder de las ideologías en su afán monopolizador, en su lucha por la conquista del poder y el sometimiento de la realidad a sus dictados. Por este motivo nos encontramos con que resulta más frecuente que exista una clara dificultad en la comunicación interpersonal, pues las palabras ya no albergan significados únicos al estar sujetas a múltiples contextos discursivos definidos y demarcados por las ideologías, las mismas que arbitrariamente reorientan y redefinen las palabras según sus propios fines políticos.

No sólo existe una falta de comunicación sino sobre todo de entendimiento. Debido al caos de los múltiples y diferentes sentidos y significados atribuidos a las palabras según los distintos discursos ideológicos nos encontramos con que lo que impera, lo que envuelve la vida social, es una permanente conflictividad. El Otro pasa a ser el enemigo al que hay que abatir y someter, se trata de una dinámica polemológica, puramente conflictiva, en la que no es posible un entendimiento al buscarse la imposición de aquellos sentidos y significados que cada discurso ideológico, como representación totalizante del mundo, lleva consigo. Así, por medio de un argumentario organizado y articulado en torno a una red de predicados, es como el sujeto reproduce constantemente mensajes que se concretan en códigos de conducta y en actitudes que se reflejan en las relaciones sociales. La lógica del poder se impone como una lógica que anima la discordia social y el enfrentamiento entre iguales en el contexto de las luchas políticas que dividen y diezman a la sociedad, la cual queda sumergida en la permanente debilidad de esas mismas luchas al frente de las que se erigen diferentes tipos de elites y vanguardias políticas.

Las estructuras de dominación ideológica, y más concretamente las industrias de la conciencia compuesta por los principales medios de comunicación de masas, son las que se ocupan de difundir masivamente los discursos ideológicos, y con ello de adoctrinar a la población en una serie de ideas, creencias, dogmas, etc., que moldean la conciencia del sujeto y del entorno sociocultural que le rodea. Radio, prensa, televisión, Internet, el cine, etc., se ocupan de imbuir al sujeto de un modo sutil de todas aquellas ideas e ideologías que conforman los discursos dominantes en conflicto, y que desenvuelven las luchas ideológicas y dialécticas que se dan en el seno del sistema de dominación. Todo esto contribuye a crear un escenario en el que las masas permanecen alienadas, donde las ideas son construidas por diferentes elites, generalmente de tipo intelectual, que someten la conciencia del individuo.

Asimismo, hay que añadir el papel desempeñado por un modelo de sociedad en el que impera el individualismo extremo, todo lo cual, combinado de manera simultánea con el efecto desencadenado por las estructuras de dominación ideológica, crea un marco sociocultural en el que la incomunicación y el aislamiento del individuo prevalecen. Nos encontramos con sociedades compuestas por individuos solitarios, donde ha desaparecido el vínculo social y valores como la amistad y la fraternidad. Por el contrario la sociedad pasa a estar dominada por una conflictividad latente y sobre todo por la rabia social, el odio y el desprecio al otro en tanto que enemigo ideológico,  político y personal. El resultado es una sociedad vacía sometida a luchas intestinas en la que cada vez es más difícil el entendimiento debido a los problemas de comunicación, a la proliferación de los conflictos interpersonales y con ello al dominio de la desconfianza y de la hostilidad en las relaciones sociales, todo lo cual sirve para justificar la labor de intermediación y sometimiento ejercida por el Estado en tanto que principal beneficiario de esta situación.


[1] Foucault, Michel, Un diálogo sobre el poder, Barcelona, Altaya, 1995, p. 143

[2] Ibídem, p. 145

[3] Pincus, Steve, 1688. La primera revolución moderna, Barcelona, Acantilado, 2013, p. 368

Fuente: El Emboscado

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