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Mentes sumisas 1° Parte

En el corazón sin sangre de los pragmáticos modernos y post- modernos no caben sentimientos ni valores humanistas, como la solidaridad, la amistad o la emulación. Sus portavoces ideológicos y “académicos” se escudan en la defensa de las tecnologías y la rentabilidad financiera inmediata frente al humanismo y la rentabilidad social. Como la memoria histórica estorba sus intereses, no quieren recordar que la Alemania nazi era la sociedad tecnológicamente más avanzada de su tiempo, y también la más inhumana, una sociedad que en modo alguno se puede presentar como ejemplo de “progreso” humano. Hoy sabemos que, desde el punto de vista de la rentabilidad social, de la felicidad de todos, no siempre es conveniente todo lo que tecnológicamente es posible. “Dejar de ser humano supondría deslizarse hacia la nada”, afirmaba en su Filosofía de la existencia Karl Jaspers, pensador nada sospechoso de comunista o revolucionario.

El pensamiento dominante propaga la idea de que el desarrollo tecnológico equivale al progreso, entendido como velocidad, aceleración y acomodo rápido a lo “nuevo”. Conceptos como “propiedad”, “clase social”, etc., han quedado anticuados, nos dicen. Ya no hay más que un mundo y una economía mundial.
Y, claro, a una economía mundial le corresponde una conciencia también mundializada, un pensamiento único. Estos esfuerzos del adversario por mantener el monopolio de la opinión y alimentar la falsa conciencia han estimulado en nosotros el deseo de redoblar los esfuerzos..

Ante el empobrecimiento generalizado de la población surge la cuestión de quién va a poder comprar todos los bienes y servicios producidos. Uno tiende a pensar que los capitalistas están matando la gallina de los huevos de oro. Pero el sistema dispone todavía de recursos que le permiten prolongar su existencia. Así, aunque el poder adquisitivo de los trabajadores se reduzca, son más los que trabajan por menos dinero, mujeres y niños incluidos. La jornada laboral se ha incrementado a niveles desconocidos hace muchas décadas. A las familias de varios miembros trabajando en precario durante muchas horas hay que sumar el pluriempleo. Si a todo esto se añade la posibilidad de comprar a plazos, las tiendas de “Todo a 10 pesos..”, etc. se entenderá por qué las masas populares siguen consumiendo a pesar de estar más explotadas.

Para consentir esta situación se requiere, claro está, un esfuerzo enorme en mantener a la población desinformada, para persuadirla de que no hay alternativa; en suma, para tenerla material y espiritualmente sumisa. Los dirigentes espirituales, los formadores de opinión, desde la intelligentsia(1) vendida hasta el Papa, saben perfectamente que es más fácil engañar a una población poco y mal informada que a otra ilustrada.

El objetivo de todo el aparato ingente de propaganda y persuasión sigue siendo el mismo de siempre: dejar bien claro que no hay alternativa al capitalismo, a un mundo en donde los muchos trabajarán más por menos, a fin de que los pocos privilegiados acumulen más y más riquezas.

Ante el dominio de esta ideología, ante la omnipresencia de este “pensamiento único” como se dice ahora, no deja de ser curioso que quienes nunca se quejan de la unilateralidad de su educación política sean los primeros en acusar de unilateralidad a cualquier desafío a esa educación.

En la actualidad, este adoctrinamiento unilateral se efectúa en lo que M.McLuhan llamaba el “aula sin muros”.

Esta “cultura de medios” se ha convertido en la experiencia cotidiana y en la conciencia común de la inmensa mayoría de la población. A ella pertenecen el trato cotidiano con los medios y sus contenidos, así co- mo la forma de pensar y de sentir determinada por ellos, los hábitos de leer, oir y ver, de consumo y comunicación, las modas y una buena parte del lenguaje y de la fantasía. La cultura mundial de los medios de comunicación uniformiza y reduce el planeta.

Mejor atarlos corto y tenerlos insatisfechos. Para los pocos que lo tienen casi todo es mejor volver a las condiciones del siglo XIX o del Tercer Mundo actual, esto es, disponer de masas de trabajadores sin organización, dispuestos a trabajar por la mera subsistencia; una masa de desempleados, de pobres desesperados que contribuyen a bajar los salarios e incluso provocar el resentimiento de los que están justo por encima de ellos (divide y vencerás, decían ya los antiguos esclavistas de Roma); una clase media cada vez más encogida; y una diminuta clase poseedora, escandalosamente rica, que lo tiene todo.

(1) intelligentsia: es una clase social compuesta por personas involucradas en complejas actividades mentales y creativas orientadas al desarrollo y la diseminación de la cultura.

Fuente:La formación de las mentes Sumisas

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