Virtudes 4 cardinales
El problema son los intereses creados. Para proteger esos intereses se ha trastocado todo el ámbito cultural y espiritual del individuo, todo su mapa cognitivo a través del cual entiende e interpreta su realidad y eso ha hecho que el hombre actual esté totalmente perdido. El problema son los valores y la filosofía de vida, es decir es un problema cultural y espiritual.
El hombre actual es un gigante tecnológico pero un enano espiritual, un pobre que ya no sabe adonde ir, agarrándose a explicaciones y teorías absurdas o desfasadas en un continuo escape hacia adelante y buscando donde nunca va a encontrar las soluciones. Solamente sabe tener posesión de lo que no puede plenamente utilizar. Lo científico y lo tecnológico lo han obnubilado de tal manera que ha llegado a pensar que ya no es necesario nada más.

Se transmutan sin cesar en la humanidad. En el perpetuo fluir del universo nada es y todo deviene, como anunció el oscuro Heráclito efesio. Al par de lo cósmico, lo humano vive en eterno movimiento; la experiencia social es incesante renovación de conceptos, normas y valores. Las fuerzas morales, son plásticas, proteiformes, como las costumbres y las instituciones. No son tangibles ni mensurables, pero la humanidad siente su empuje.

Imantan los corazones y fecundan los ingenios. Dan elocuencia al apóstol cuando predica su credo, aunque pocos lo escuchen y ninguno le siga; dan heroísmo al mártir cuando afirma su fe, aunque le hostilicen escribas y fariseos.

Sostienen al filósofo que medita largas noches insomnes, al poeta que canta un dolor o alienta una esperanza, al sabio que enciende una chispa en su crisol, al utopista que persigue una perfección ilusoria.

Seducen al que logra escuchar su canto sirenio; confunden al que pretende en vano desoírlo.

Son tribunal supremo que transmite al porvenir lo mejor del presente, lo que embellece y dignifica la vida. Todo rango es transitorio sin su sanción inapelable. Su imperio es superior a la coacción y la violencia.

Las temen los poderosos y hacen temblar a los tiranos. Su heraclia firmeza vence, pronto o tarde, a la Injusticia, la hidra generadora de la inmoralidad social.

El hombre que atesora esas fuerzas adquiere valor moral, recto sentimiento del deber que condiciona su dignidad. Piensa como debe, dice como siente, obra como quiere.

No persigue recompensas ni le arredran desventuras. Recibe con serenidad el contraste y con prudencia la victoria. Acepta las responsabilidades de sus propios yerros y rehúsa su complicidad a los errores ajenos. Sólo el valor moral puede sostener a los que impenden la
vida por su patria o por su doctrina, ascendiendo al heroísmo. Nada se les parece menos que la temeridad ocasional del matamoros o del pretoriano, que afrontan riesgos estériles por vanidad o por mesada. Una hora de bravura episódica no equivale al valor de Sócrates, de Cristo, de Spinoza, constante convergencia de pensamiento y de acción, pulcritud de condena frente a las insanas supersticiones del pasado.

Las fuerzas morales no son virtudes de catálogo, sino moralidad viva. El perfeccionamiento de la ética no consiste en reglosar categorías tradicionales.

Nacen, viven y mueren, en función de las sociedades; difieren en el Rig-Veda y en la Ilíada, en la Biblia y en el Corán, en el Romancero y en la Enciclopedia.

Las corrientes en los catecismos usuales poseen el encanto de una abstracta vaguedad, que permite acomodarlas a los más opuestos intereses.

Son viejas, multiseculares; están ya apergaminadas. Las cuatro virtudes cardinales: Justicia, Prudencia, Coraje y Templanza , eran para los socráticos formas diversas de una misma virtud: la Sabiduría. Las conservó Platón, pero supo idealizar la virtud en un concepto de armonía universal. Aristóteles, en cambio, las descendió a ras de la tierra, definiendo la virtud como el hábito de atenerse al justo medio y evitar en todo los extremos.
De esta noción no se apartó Tomás de Aquino, que a los cardinales del estagirita agregó las teologales, sin evitar que sus continuadores las complicaran.

1 – Justicia  (Dikaiosyne): también llamada equidad. El sentido de justicia es la más extensa y la más importante de todas las virtudes. Es el triangulo central, la piedra angular. Platón la describe como la virtud fundante y preservante porque sólo cuando alguien comprenda la justicia puede conseguir las otras tres virtudes, y cuando alguien posee las cuatro virtudes es la justicia las que las mantiene unidas.

Cuando el saqueo se convierte en una forma de vida para un grupo de hombres que viven juntos en la sociedad, en el transcurso del tiempo crean un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica“. Frederic Bastiat (1801 -1850)

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2 – Prudencia o Sabiduría ( Phronesis): Es la virtud de actuar de forma adecuada y justa. La capacidad de juzgar y elegir las acciones apropiadas de entre las acciones posibles en un momento dado.  Es la capacidad de gobernarse y disciplinarse a uno mismo mediante el uso de la razón. La sabiduría no es el mero conocimiento, es entendimiento(que solo se consigue a través del “ser”). Es la capacidad de juzgar entre las acciones virtuosas y viciosas, no sólo en un sentido general, sino en lo que respecta a lo necesario en un momento y un lugar determinados. Sin prudencia el coraje se convierte en temeridad, la misericordia se hunde en la debilidad, y la templanza en el fanatismo.

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3- Coraje, Valentía, Fortaleza o Resistencia (Andreia).  Es la capacidad y la voluntad de enfrentar el miedo, la incertidumbre y la intimidación. La valentía física es coraje frente al dolor físico, el peligro, las dificultades, la muerte, o la amenaza de la muerte. Por otro lado, el valor moral es la capacidad de hacer lo correcto frente a la oposición popular, la vergüenza, el escándalo o el desaliento. La fortaleza es la virtud que da valor al alma para poder afrontar con vigor los riesgos. La fortaleza asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien llegando incluso a la capacidad de aceptar el eventual sacrificio de la propia vida por una causa justa. Es la fortaleza de espíritu.

A la cobardía y la pereza del no hacer debemos contraponer la valentía de construir en positivo. 

vivir sus sueños

4- Templanza, moderación (Sophrosyne). La templanza es el autocontrol, el control de las emociones y las pasiones. Ninguna virtud podría mantenerse si no somos capaces de controlarnos a nosotros mismos cuando a la virtud se le opone algún deseo.  La templanza modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de las cosas. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad.

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Estáticas, absolutas, invariables, son frías escorias dejadas por la fervorosa moralidad de culturas pretéritas, reglas anfibológicas que de tiempo en tiempo resucitan nuevos retóricos de añejas teologías. Poner la virtud en el justo medio fue negarle toda función en el desenvolvimiento moral de la humanidad; punto de equilibrio entre fuerzas contrarias que se anulan, la virtud resultó, apenas, una prudente transacción entre las perfecciones y los vicios.

La concepción dinámica el universo, relega a las vitrinas de museo esas momias éticas, inútiles ya para el devenir de la moralidad en la historia humana. Sólo merecen el nombre de Virtudes las fuerzas que obran en tensión activa hacia la perfección, funcionales, generadoras.

En su vidente libro de juventud escribió Renán:

“El gran progreso de la reflexión moderna ha sido sustituir la categoría del devenir a la categoría del ser, la concepción de lo relativo a la concepción de lo absoluto, el movimiento a la inmovilidad”.

Pocas sentencias son más justas que la del sutil maestro del idealismo.
Para una joven generación de nuestro tiempo es esencial conocer las fuerzas morales que obran en las sociedades contemporáneas: virtudes para la vida social que no descansan bajo ninguna cúpula. Más que enseñarlas o difundirlas, conviene despertarlas en la juventud que virtualmente las posee. Si la catequesis favorece la perpetuación del pasado, la mayéutica es propicia al florecimiento del porvenir.

Dichosos los pueblos de la América Latina si los jóvenes de la Nueva Generación descubren en sí mismos las fuerzas morales necesarias para la magna Obra: desenvolver la justicia social en la nacionalidad continental.

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