CRISTOCONSUMISTA-6a5c6

Es evidente que nos separan unas cuantas generaciones, pero es rescatable resaltar el formidable poder del cual se poseía para repensar lo “ya establecido”. Y es así, como hemos evolucionado, hemos tocado la punta del everest y hemos sido víctimas de una caida libre insoslayable, hasta sumergirnos en una mediocridad cotidiana, que nos impide ver las cosas desde una óptica diferente y que permita cambiar nuestras realidades.

”Se te olvida, querido Alcibíades, que nuestra navidad no es más que una copia imperfecta y material de la Idea de navidad, de la cual todas las fiestas y asuntos navideños pariticipan. Una participación materialista, podría decirse, de aquella otra navidad por la cual podemos llamar “navideño” al turrón, al belén, al árbol o a Papá Noel…” Así hablaría Sócrates en algún diálogo apócrifo platónico sobre la navidad. Y quizás, después de tener estas charlas, se iría junto a otros amigos de cotillón, a hablar sobre el amor humano y divino… Y es que los filósofos, no podía ser de otra manera, también son humanos y hacen, dicen y piensan en las mismas cosas que el resto de seres humanos. Y si Platón se dedicaría, a lo mejor, a entablar enjundiosos diálogos navideños, quizás Descartes admitiría públicamente ser un tipo hogareño y navideño, por aquello de no desentonar con las costumbres humanas y no llamar la atención, aunque en su fuero interno pensara que la navidad no es, en el fondo, más que una ocasión más para poder dormir más por las mañanas…

Y ahí estaría Kant, sin variar ni una sola de las actividades que diariamente realizaba. Preguntado sobre la navidad, el de Königsberg diría que no se puede conocer racionalmente, pero que quizás es posible acceder a través de la experiencia de la razón práctica al “noúmeno” de la navidad, a su verdadero sentido. Hegel, por otros derroteros, diría que la navidad es una más de las manifestaciones del espíritu en ese proceso de autoconocimiento que caracteriza la realidad. Y tanto idealismo sería rebatido por Marx, filósofo que este año os felicita estas fiestas en nuestra postal: la navidad tendría un sentido puramente económico, y sería otra forma más de mantener “distraido” (con bombillas, tiendas, comidas y cenas…) a toda la clase proletaria. La navidad sí que es el opio del pueblo. Freud, hermanado en su sospecha, diría que es un producto del superyo tintado de hipocresía: todos sabemos como somos, y fingimos ser distintos durante dos semanas, diría el fundador del psicoanálisis.

¿Y Nietzsche? ¿Qué haría Nietzsche? Negar la navidad con toda su fuerza. Buscar formas escanadalosas y llamativas de convencernos de que la navidad es un síntoma más de debilidad, una manifestación de la moral del esclavo.Wittgenstein pensaría al principio que de la navidad no se puede hablar, pero quizás evolucionaría después a una nueva idea: la navidad es una palabra más dentro del lenguaje, y hay unas reglas que orientan su uso correcto. En fin, que los filósofos podrían decir y vivir la navidad de muchas maneras, en definitiva como cada uno de nosotros. Eran personas tan formidables y miserables como nosotros, y también merecen ser mirados con una respetuosa falta de respeto, que nos los presente de una forma más humana (mirad si no, nuestra felicitación). Y es que, al final, no dirían ninguna de las extravagancias que escribí más arriba. En vez de ser tan excéntricos, la mayoría de ellos se encontraría con sus familias y amigos y diría con una buena sonrisa en los labios: Feliz navidad.

«El fin supremo del hombre es vivir conforme a la naturaleza, que es lo mismo que vivir según la virtud, ya que la naturaleza nos conduce a la virtud. […] La virtud del hombre feliz y el buen orden de la vida nacen de la armonía del genio propio de cada uno con la voluntad del que todo lo gobierna. Diógenes dice expresamente que el fin supremo consiste en obrar con prudencia en la elección de las cosas conformes a la naturaleza. […] La virtud es una disposición del ánimo conforme a la razón y elegible por sí misma, no por medio o deseo de algún bien exterior. En ella consiste la felicidad…» (Diógenes Laercio, VII, 85-90).

La sensación: Es una especie de contacto directo con los objetos o cuerpos que percibimos, pues mediante los sentidos captamos los átomos que proceden de los objetos exteriores. Siempre es verdadera y posee una evidencia absoluta. El error no procede de la sensación, sino del juicio sobre la sensación, que puede ser corregido por sensaciones posteriores.(epicuro)

Dejemos a este aventurero que siga su camino, sin preocuparnos ahora de si llegó o no llegó a encontrar algo capaz de infundirle espanto. Lo que si quisiera dejar claro es que esa es una aventura que todos los hombres tienen que correr, es decir, que todos han de aprender a angustiarse. El que no lo aprenda, se busca su propia ruina: o porque nunca estuvo angustiado, o por haberse hundido del todo en la angustia. Por el contrario, quien haya aprendido a angustiarse, ha alcanzado el saber supremo. El hombre no podría angustiarse si fuese bestia o ángel, pero es una síntesis y por eso puede hacerlo. Es más, tanto más perfecto será el hombre, cuando mayor sea la profundidad de su angustia. Esto no debe entenderse en el sentido de una angustia por algo exterior, por algo que está fuera del hombre, sino de tal manera que el hombre mismo sea la fuente de la angustia.”El concepto de la angustia” (fragmento) Sören Kierkegaard

 

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