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“La verdad está en la memoria…
Quien no tiene memoria no tiene vida.”

¡De qué modo culpan los mortales a los númenes!
Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros,
y son ellos quienes se atraen con sus locuras
infortunios no decretados por el destino.”
Homero, Odisea.

“La historia es una pesadilla de la que intento despertar”.
J. Joyce, Ulises.

Muchos pensadores a lo largo de la historia han predicado las virtudes del olvido. Hay un famoso escrito de Nietzsche, un autor cuyo pensamiento tiene cada vez más vigencia en los últimos tiempos, que habla de la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Y en realidad, enfatiza más el perjuicio que la utilidad. La cultura histórica de la que se enorgullecía el siglo XIX, aparece como “defecto y carencia de esta época” para Nietzche, quien identificaba, en buena medida, la felicidad con la capacidad de olvidar.

Otro filósofo -éste francés, un poco anterior-  Ernest Renan, decía que sobre el olvido se construyen las naciones. Porque si no olvidamos no habría posibilidad de construir una nación que necesariamente albergaba gente que había tenido antes conflictos entre sí, que tenían distintos orígenes y creencias religiosas. Y decía más todavía: bienvenido sea el error histórico porque los errores históricos no responden a la casualidad. Si se han afirmado es porque esos errores han permitido este acuerdo que sostiene la nación. En consecuencia, sostenía Renan, el progreso de los estudios históricos se constituye a menudo en un peligro para la nacionalidad 3. Y por si esto fuera poco, ya sabemos que en el mundo contemporáneo son más los ejemplos nacionales en los que se predican las virtudes del olvido, o por lo menos no se enfatiza la necesidad de la memoria. Esto puede resultar paradójico, porque desde hace tres décadas, se asiste en todo el mundo a un importante esfuerzo de memoria que marca también un giro significativo en el mundo de la cultura. La necesidad de recuperar huellas y trazos del pasado llevó a que los museos recobraran el lugar privilegiado que ocupaban hasta que fueron condenados por las vanguardias de los años 60 y que se expandieran hacia un público más amplio. Los monumentos conmemorativos proliferan por doquier dando lugar a un muy rico debate sobre las coordenadas de Arte y Memoria en el que no faltan los reparos de quienes temen el predominio del espíritu de lucro o mero entretenimiento. Por otra parte, los relatos de las víctimas y sobrevivientes del genocidio nazi y otros crímenes de lesa humanidad alcanzan tanta importancia como para que una autora haya podido calificar a nuestro tiempo como la era del testigo. Estos trabajos de rememoración, ubican naturalmente, al Holocausto como tema central.
No siempre está claro, sin embargo, el sentido que tiene para todos este trabajo de memoria. Se ha dicho que las iniciativas de memoria proliferan como compensación, en la medida que se ha perdido un proceso espontáneo de transmisión entre generaciones y se debilitan las ideas que sustentaron durante mucho tiempo la cultura y la política de la Modernidad: cuando el presente se estrecha ante las vertiginosas transformaciones técnicas, científicas y culturales, este retorno hacia el pasado tendría que ver con la pérdida de expectativas sobre el futuro. En ese contexto, muchos entienden que se recupera un pasado que se considera muerto, en la medida que las opciones políticas y culturales de ese mundo ya no son las nuestras. Criticando esta mirada, Enzo Traverso ha señalado las muy negativas consecuencias que para una más profunda comprensión de la historia del siglo XX plantea la negación de tradiciones como la del antifascismo europeo que sustentaron la lucha de millones de personas contra el horror del nazismo.

 

Fuente: INADI

 

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