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ARTIFICIO IDEOLÓGICO DE LAS BURGUESÍAS LOCALES

 

fue el fisiólogo alemán Friedrich Goltz, en 1869. Descubrió que si no descerebras previamente a la rana, esta salta de la piscina cuando el agua llega a unos 25ºC. Pero que si le estropeas suficientemente el cerebro, no hay ningún reflejo que le salve del hervor

 

Como bien quedó demostrado en su tiempo por Carlos Marx, la historia, o por lo menos gran parte de ella (concretamente el período moderno), no es más que la lucha de clases, en la que cada una lucha por el poder de cara a implantar un modelo económico y político acorde a sus intereses. Así, científica y objetivamente ha quedado clarificado el papel de la economía en las sociedades modernas e industrializadas, en la que como infraestructura del sistema determina la superestructura cultural, ideológica, filosófica, política… de las sociedades.

 

Y no menos cierta es la crítica al nacionalismo desarrollada por el marxismo que a su vez converge con la crítica evoliana hacia el mundo burgués. Nos encontramos de este modo con dos críticas igualmente válidas y complementarias. El marxismo desarrolla su crítica desde una perspectiva materialista de la historia ligada al desarrollo económico de las sociedades, y Evola da lugar a una crítica del nacionalismo desde los principios de la Tradición, aquellos que ponen de relieve el hecho de que el nacionalismo constituye un subproducto moderno del tercer Estado: la burguesía, que genera la igualación de todos los integrantes de la comunidad.

Pero es aquí donde nos interesa la crítica marxista, aquella que trae a colación las contradicciones internas del capitalismo que son precisamente las que orientan el desarrollo histórico de las sociedades modernas.

El nacionalismo constituyó durante el s. XIX un fenómeno político e ideológico de gran importancia, y que ya desde 1789 se fue perfilando cada vez con mayor claridad, teniendo su antecedente más directo en la revolución americana de 1776, y su antecedente más lejano en las revueltas anti-imperiales de las comunas en Italia.

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El nacionalismo como fenómeno político ambivalente se ha manifestado bajo diferentes formas, en algunos casos aparentemente contradictorias pero esencialmente unitarias. La nación constituye por su propia naturaleza un concepto económico desarrollado por las burguesías del s. XVIII, las cuales en su pretensión por arribar al poder político se vieron obligadas a desarrollar una ideología que representara sus intereses y que al mismo tiempo recabara el apoyo de la población.

La nación se ha identificado habitualmente con las masas, el vulgo, el cual se encuentra inserto en una determinada estructura de poder representada por el Estado. En el caso de aquellos países que contaban ya con un Estado, como el caso de Francia, la burguesía únicamente se encargó de identificar a la nación con las masas y utilizar a estas para derribar a la monarquía absoluta. Fue así como la burguesía conquistó el poder político y estableció su particular dominación de clase desde las estructuras del Estado eliminando los cuerpos intermedios e implantando el igualitarismo económico.

 

Un centro económico en un determinado momento quiere erigirse a su vez en un centro político constituyendo un Estado. Las burguesías locales quieren dotarse de los mecanismos políticos coercitivos necesarios para ejercer su dominación sobre el territorio en el que se encuentra asentada. Para esto la burguesía habitualmente tiende a identificar la nación sin Estado con las masas de ese territorio y con aquellas características particulares que la singularizan: lengua, cultura, raza, religión, etc…

A lo largo de la historia los Estados han sido creados por las clases económicas pudientes, pues han sido estas las que han contado con los recursos necesarios para movilizar a las masas en un sentido favorable a sus intereses. La nación como concepto y el nacionalismo como ideología reflejan sus pretensiones económicas de querer contar con un instrumento de dominación de clase propio, lo cual únicamente es posible mediante la creación de un nuevo Estado.

El nacionalismo no es más que una agudización y profundización del igualitarismo moderno, en el que se eliminan las jerarquías propias y naturales de todo Orden verdadero y son sustituidas por la igualdad de todos los miembros de la sociedad ante la nación, representada siempre por el Estado. Es por esta misma razón que si antes de las revoluciones burguesas el poder político aún conservaba cierto carácter sagrado, pues su legitimidad venía de lo alto, con los regímenes demo-liberales se pasaría a sacralizar a la nación, constituida por las masas de un determinado territorio.

El nacionalismo genera una homogeneización de los integrantes de la comunidad al implantar la igualdad formal de todos ellos. Esto les hace ser iguales ante la nación. Esta uniformización de las masas constituye su “nacionalización”, que es lo que confiere unidad social al propio Estado, pudiendo de esta manera volcar su actividad en la política exterior. Si dentro de la concepción marxista de la sociedad el conflicto se sitúa dentro de esta con la lucha de clases, el nacionalismo supera esta contradicción gracias a la nacionalización de las masas que asumen una conciencia nacional generada por el Estado que ha sido socializada y transmitida a través de la educación pública, que es, a su vez, la que ha hecho posible la identificación de la población con la identidad nacional representada por el Estado al no haber nada entre este y los ciudadanos. El Estado como nuevo generador de identidad ha transmitido así una particular conciencia nacional. Es justamente dicha conciencia nacional la que ha dado lugar a la paz social y a la colaboración entre las clases, por cuanto todas ellas tienen una conciencia común que les confiere un sentido de pertenencia a una realidad colectiva universal, más allá de su pertenencia a una u otra clase social, por lo que las inserta en un proyecto conjunto.

Gracias a la nacionalización de las masas las burguesías han logrado así la unidad y armonía social (siempre relativas, pues la lucha de clases continúa presente como forma de conflicto aunque subrepticiamente), dándose una adhesión de todas las clases a las mismas estructuras políticas de dominación implantadas por la clase dominante. Vemos así que son las burguesías las que imaginan, inventan y crean una identidad nacional que posteriormente es identificada con las estructuras de dominación representadas por el Estado.

La nación, el Estado y la identidad constituyen la superestructura ideológica y política de la infraestructura económica capitalista, representando los intereses económicos de la clase burguesa y dotándose así de una justificación teórica para los mismos.

Las nuevas identidades nacionales surgidas tras las revoluciones burguesas, y que generarían a su vez identidades anti-simétricas entre los nacionalismos periféricos, supuso un elemento cohesionador del Estado al consolidar su unidad interior y superar la lucha de clases. Fue así como el Estado pudo centrar su actividad en la política exterior, trasladando de este modo el conflicto interior al exterior en la lucha entre pueblos.

La designación del enemigo realizada por el nacionalismo se lleva a cabo contra un agente exterior: un pueblo o un Estado que representa la negación de la identidad propia, generando así unas relaciones de antagonismo, las cuales únicamente se resuelven a través de guerras totales en las que el enemigo lo es en términos absolutos. Esto contribuye también a incrementar la unidad interior al orientar la aversión colectiva hacia un enemigo común. Fue así como las burguesías desarrollaron durante el s. XIX y el XX sus guerras imperialistas en la búsqueda y conquista de territorios para su explotación e incorporación al sistema capitalista mundial, identificando como enemigos de la nación a aquellos que se resistieran a sus pretensiones económicas.

Actualmente estamos asistiendo a la emergencia de nuevos nacionalismos, tanto periféricos como de Estado, que reformulan y actualizan los principios fundamentales de esta ideología moderna. Los nacionalismos periféricos, por un lado, se afanan por reivindicar ciertas identidades y su derecho a dotarse de un Estado propio para preservarlas, lo que significa en cada uno de los casos sustituir una burguesía por otra: la española por la vasca o catalana, la francesa por la bretona o corsa, la belga por la flamenca o valona, etc… Supone cambiar un Estado opresor por otro.

Por otro lado, los nacionalismos de Estado son aquellos mismos que frente al proceso de globalización y la creciente pérdida de soberanía se ufanan por reivindicar mayor autonomía, autosuficiencia y soberanía, pues el Estado-nación se encuentra en crisis como modelo de comunidad política al verse presionado desde abajo por una creciente regionalización, y desde arriba por las organizaciones supranacionales. La vuelta al jacobinismo y al sistema de Estados del s. XIX es imposible, más aún cuando la política ha entrado en su fase revolucionaria de gran política, política de los grandes espacios.

Tanto unos como otros comparten una visión provincial del mundo, así como un recalcitrante chovinismo que se ve desarrollado y acrecentado por el ombliguismo congénito a todo nacionalismo, aquel que genera un sentimiento de superioridad y conduce a la lucha entre los diferentes pueblos. Divide e impera, es gracias a esto por lo que el mundialismo ha triunfado, porque no se ha sabido identificar al verdadero y auténtico enemigo de los pueblos, aquel que persigue la dominación económica mundial y la esclavización de todo el planeta a los intereses de una pequeña y reducidísima minoría social. El enemigo es el capitalismo y su representante social: la burguesía.

La única forma de combatir a ese enemigo común es mediante el desarrollo de una acción conjunta entre todos los pueblos para liberarse del yugo económico, lo cual supone en última instancia la articulación y desarrollo de proyectos geopolíticos regionales de escala continental, aquellos que contribuyan a la desaparición de un mundo unipolar dirigido por una gran sinarquía plutocrática, para ser sustituido por otro de carácter multipolar y policéntrico en el que la emancipación económica sea una realidad.

Ni los Estados ni los pequeños terruños que quieren a su vez constituirse en Estado, pueden hacer frente ni juntos ni por separado a este proceso de disolución y decadencia, pues tanto los unos como los otros están viciados por los mismos principios que guían el proceso de mundialización: el igualitarismo y el materialismo.

Sólo por medio de la creación de bloques geopolíticos de escala continental y la instauración de un orden tradicional que recupere la primacía de lo político sobre el elemento económico y lajerarquía y la autoridad, será posible finiquitar y herir de muerte al inmenso monstruo que es el capitalismo mundial.

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