Eduardo Galeano los llamó los nadies. Los colectivos invisibles que se ven sepultados por las estadísticas de la recuperación económica.

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Una familia se reúne en torno a la mesa y la televisión. Los padres se sientan con sus dos hijos, que tienen en el plato una escasa y frugal cena. Miran a sus hijos acabar con la exigua comida a la vez que escuchan en el telediario un grandilocuente discurso del presidente anunciando el fin de la crisis, la recuperación económica y los crecimientos del PIB para el año 2015 y 2016. Esta escena es habitual en los hogares de más de 5.000.000 de personas que viven con unos pesos al mes y no pueden garantizarse el sustento mínimo para vivir.

Son los sin nada, los nadie, los olvidados, los ningunos, los que no aparecen en el telediario de TVE, los que no ven descrita su situación en los discursos del gobierno. Las estadísticas incómodas, las que hay que sepultar bajo las cifras macro. Los que hay que invisibilizar.

Los pobres siempre han sido minoría, al menos para los que cuentan y difunden las estadísticas. En el año 1974, El Tampas, un seudónimo que escondía a uno de los escritores con talento de Hermano Lobo, ya lo avisaba: “A pesar de ir a pasos agigantados hacia los cuatro mil millones de penitentes, los pobres, según últimas estadísticas de filiación cristiana, siguen siendo minoría”. En efecto, el bienestar universal se hace tan patente, que ya cuesta una enormidad toparse con un mendigo…¿Y cómo -se preguntará el lector rico- se ha conseguido que haya 37 o 38 pobres nada más en nuestro planeta? Pues muy fácil. Basta con echar mano de los censos oficiales de cada país y decir, por cada mil ricos, doce mil pobres que me llevo para que no se entere la gente de bien, a quien tanto le molestan los pobres”.

Resulta tremendamente complicado liberarse de la potente maquina propagandística que intenta persuadir a los que sufren la miseria de que su pobreza lo es menos por la subida de las exportaciones. Aquellos que tienen problemas para pagar la luz o que se ven obligados a vivir enganchados a ella es probable que sientan que igual la culpa es suya porque la economía mejora a ritmos nunca vistos, y es sabido que la televisión nunca miente. Aquellos sin nada que asuman su culpa y no cuestionen la versión oficial de la mejora podrán pervivir [malvivir] en el sistema, pero los molestos, aquellos que no se resignen, aquellos que turben la verdad conveniente serán sepultados entre los números, estadísticas y los datos transmitidos por una opinión publicada copada por la propaganda. El objetivo es negar la propia existencia de los ningunos. Desde los discursos a la administración. Desde los platós y las portadas. Negar su ser.

En uno de esos debates televisivo sale algún político, algún sindicalista o formador de opinión (mal llamado Periodista), llegan a declarar que la explotación laboral no existe exclamaba indignado el director un prestigioso matutino nacional. Él sólo transmitía lo conveniente, resulta imprescindible declarar que la explotación laboral es una práctica olvidada que sólo mantiene reductos en zonas de África y el sudeste asiático. Sólo existe en sweatshops para vestirnos y exclusivamente si la empresa contratadora .

Somos un primer mundo colgado de globos de colores. Sin embargo, la verdad es un concepto muy combativo, se suele abrir camino y hacerse evidente para desgracia de aquellos que quieren construir una realidad alternativa y favorable a sus intereses. En los últimos meses fue noticia que Una empresa XXXXX tenía explotados laboralmente a sus trabajadores. Jornadas de 14 horas durante siete días, sin derecho a vacaciones. Además, caer enfermo significaba no tener compensación económica y el riesgo de ser despedido, que en caso de producirse no conllevaba indemnización.

Pero la propaganda no se conforma con negar a los colectivos más desfavorecidos. En ocasiones, se puede utilizar su situación en beneficio propio y que ésta sea vendida como un logro gubernamental. Esos trabajadores explotados en régimen de semiesclavitud forman parte de la tan anunciada mejora de los datos de la desocupación.

Muchos de esos empleados pobres con horarios propios de la revolución industrial engrosan las maravillosas cifras del nuevo dato empleo que cada mes es el mejor de los últimos 15 ó 20 años. No importa que esos trabajos sean parte de la importación del modelo laboral que promueve Un nuevo mundo feliz que sirve para mejorar los resultados económicos de empresas y estado a cambio de la extracción de su plusvalía sin proporcionarle recursos para subsistir. Los datos económicos no mienten, su miseria es contingente.

Existen otros muchos colectivos olvidados, que no existen. La invisibilización de los sin papeles, la versión burocrática de los nadies, pasa por hacer tábula rasa de su existencia administrativa. Los inmigrantes irregulares no han cometido ninguna falta ni infracción, su simple existencia en el lugar que no le ha reservado el azar es su delito.

Existir y querer vivir, negarse a ser un invisible en su lugar asignado le convierte en proscrito. La negación de los derechos humanos por una simple tara administrativa que los despoja de su propia condición. No tener papeles elimina para el migrante la condición de humano. El individuo con poder otorga y niega la condición humana a quien no cumple sus requisitos. Pero la “decencia occidental” obliga a que los hijos de los nadies, los bebés de los sin papeles, tengan que recibir caridad sanitaria. Los hijos de los sin nada existían en los archivos informáticos de la administración publica.

Pero la realidad, una vez más, se torna esquiva a los intereses de la propaganda y de aquellos que tienen como obligación vital negar la existencia de los ningunos. Los invisibles que se niegan a morir a veces tienen papeles. Incluso un DNI o pasaporte que imposibilita negar que son una realidad molesta. Para ellos, que tienen la extraña desobediencia de seguir viviendo y acuden a los servicios sociales para comer, el gobierno también tiene una solución. A ellos, que ya tienen papeles, se les otorgará otro que les despoje de la dignidad que aún mantengan. El certificado de pobre, el documento que certifica su ciudadanía de segundo nivel. Su fracaso social.

Fuente: La Marea

Eduardo Galeano los llamó los nadies, los ningunos, los hijos de la nada, los que cuestan menos que la bala que los mata.

Que no haya número ni estadística interesada que nos haga olvidar que los nadies no son recursos humanos, son humanos sin recursos.

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