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El ser superfluo

Tú eres superfluo…

Nos dice Hannah Arendt “ No sé qué es realmente el mal radical, pero me parece que tiene que ver con alguna manera con el siguiente fenómeno: hacer que los seres humanos sean superfluos…” Este texto, es uno de lo tantos que la autora expresa cuando reflexiona sobre los totalitarismos en democracia.

Hacer al sujeto superfluo, según los escritos de Arendt, es precisamente la afirmación de su no valía. Es erradicar las mismas condiciones que hacen posible el ser humano. Destruir la pluralidad, la espontaneidad, la natalidad, su distinción. Para esta pensadora, en una sociedad masificada y consumista, que el otro sea solo superfluo es colocar las condiciones políticas y económicas, de tal manera construida, que no posean los escenarios indispensables para vivir como humano, aumentando la posibilidad de ser intercambiado por una máquina, que vivas inmerso como medio para un fin, que seas tratado como consumidor y no como ciudadano, que tu palabra vale en la medida que es noticia, que se posterguen todas las posibilidades de desarrollo, que no hables, etc En rigor que seamos uniformes, previsibles, sin relieves.

Ahora bien, precisemos un poco más. Asistimos con horror diario a una persistente inclinación a la igualdad como uniformidad y homogeneidad (primera medida de desmesura hacia el otro como sujeto). Cabe poner como ejemplo el fascismo (como actitud ante el otro y como estructura de poder) que (en disfavor de lo que uno pudiera pensar) lo primero que niega no es su igualdad sino que sea diferente, y por ende su palabra. No es posible ni se soporta que el otro hable, porque ese hecho, y nada más y nada menos, lo hace humano. Por eso debe callar y callarlo. No es en vano que el primer esfuerzo es organizar, en estos movimientos políticos y culturales. los medios de comunicación y de propaganda que tenga que ver con la palabra propia para callar la palabra del otro, amedentrarlo, señalarlo y sarcásticamente desdibujarlo, en pos de esta “revolución” mesiánica del Todo. La consecuencia: el miedo social de la comunidad en general ante el Todo y la falta de reacción ante semejante peso y avance. Y agregaría: una sutil pero eficaz sensación que ya “no se puede hacer nada” frente a este fenómeno.

 

Hacerlo superfluo es borrar su distinción y su palabra en voz alta. Uno podría caer en la idea que lo propio del fascismo es solamente hacen sentir su poder absoluto. No es tan así. Su primer proceso es imponer la verdad mesiánica de una revolución que la Argentina necesita desde hace décadas precisamente porque están en la “verdad”. Surge así, el pensamiento único Para ello se necesita una condición: que el otro calle. Le es indispensable minar toda posibilidad de otredad porque lo que busca no es la distinción sino la uniformidad o igualdad desmedida. Digamos de paso que para un griego o para un filósofo como Arendt, la acción (libertad) y la palabra eran las notas distintivas de la condición humana en la Tierra. Condición que solo es posible en el plural cotidiano y en la contingencia de todo cuanto acaece en el horizonte de la experiencia humana. Posición además, que se da en la aparición estando entre otros. Es decir, la posibilidad de estar con otros. De allí que el locus de toda realización humana sea lo público porque allí esta el reino de la libertad, ámbito donde emerge la distinción y la unicidad irrepetible de cada humano en el mundo. Negar esos hechos en el otro como en lo propio es característico del fascismo y cualquier otra tentación de absolutos del poder: ¡Qué no seas! ¡ Porqué eres superfluo!.

Asimismo, el borramiento de la distinción y la pluralidad, produce la imposibilidad de aceptar la provisionalidad del juicio. Entendemos por juicio: no que algo esté bien o este mal, sea verdad o no (es una mala costumbre que heredamos de reducir el juicio, facultad del pensamiento, en este tipo de categorías binarias), sino juicio como sentido común y como capacidad de jerarquizar necesidades y criterios estando con otros. La facultad política por excelencia. El sesgo propio de comportamientos fascistas y consumistas es justamente: todo lo que uno vive tiene la misma importancia. La uniformidad del sentido común o del juicio. Es la irreflexibilidad puesta en práctica.
Hoy te viene lo mismo que expulsaron a un jugador de Gran Hermano como que impidieron el acceso a la libre circulación de medios de prensa grafico…y todo en el mismo día. Que una noticia “valga” lo mismo que otra es un dato preciso de este borramiento de la distinción y del juicio. Y cito alguno ejemplo que otro. Leer exclusivamente y diariamente Pagina 12 o solamente Clarín, o ver 678 o solamente A dos voces; o expresar “el impedimento de la salida de Clarín el domingo fue problema gremial” o leer “aquí se terminaron las garantías constitucionales”… O da lo mismo admirar emocionalmente a alguien para presidente, que no sabe cómo explicar su enriquecimiento personal (a costa de nosotros, por supuesto) como a los curas villeros de Capital… algo está pasando en serio en los juicios políticos.

Precisamente es el goteo diario de hacernos superfluos. Hobbes hace unos siglos había escrito algo al respecto, ofreciendo algunas medicinas: dado que no salimos de este embrollo, generemos una fuerza metasocial que nos solucione este problema. Claro, propuso un Leviatán bastante autoritario, una especie de mamadera (Estado) para que nos solucione las cosas. El Estado nos brindaría el camino, las orientaciones, las divisiones laborales y la jerarquización de necesidades propias, ya que nosotros somos superfluos. Un gran ahorro de tiempo y sudor…

Sin ir más lejos en la historia. En nuestro presente. En algunos pagos de nuestra tierra entrerriana (sobre todo en el norte) asistimos hoy a testimonios desgarradores de muchos jóvenes que nunca vieron trabajar a sus padres (drama con mayúscula por las consecuencias antropológicas que conlleva) por muchos motivos. Pero sobresale uno por doquier. Sus padres vivieron siempre de los subsidios del Estado. Ahora bien, ¿por qué esos jóvenes no van a ser lo mismo que sus padres?.¿Porque desde sus juicios propios no concluyan que esas expectativas son suficientes? ¿Por qué no seguir apoyando al Estado proveedor de subsidios a través de punteros políticos y las prácticas partidarias que guardan bajo la manga una manera proselitista de conteo? Estas prácticas de décadas solo adormecieron y postergaron el desarrollo de generaciones. Y siguen vigentes aunque sea “para todos”.

Este desvalimiento del otro, el que no pueda poseer la experiencia de trabajo, que las expectativas sean las mismas del modelo parental, es la explicitación de prácticas políticas y sociales que lleva en si mismo (al menos para esta experiencia relatada anteriormente) una sentencia implícita: eres superfluo.

Lo propio de lo postmoderno es precisamente la inmediatez, la satisfacción inmediata, el presente absoluto, la perdida de las tradiciones y las utopías, etc etc.

Pero desde mi punto de vista, lo más urgente hoy para pensar y reaccionar, es esta persistente uniformidad dramática entre lo inmoral y el compromiso político, entre lo económico y lo no ético. Y el borramiento del juicio y el sentido común, la voz del otro y la pluralidad: persistencia que penetra, dosificada, como gota a gota en una roca, en el tiempo, en el hic et nunc,… tal vez para que nos convenzamos que en realidad el mar humano no es tan profundo….

Lic Juan Carlos Bourbotte
– Abril 2011

 

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