¿Por qué no pensarás un poco, vos también? Yo no te pido  que inventes una escuela filosófica o que leas a Einstein  y te vayas a dormir con el teorema puesto. Yo te pido  que abandones tu posición de terco y pienses… pienses  en lo que estaba pasando y en lo que pasa ahora. Tenías  una patria como una rosa, pero esa rosa no perfumaba  tu vida sino que se estaba deshojando en el ojal de los  otros.

Ahora la solapa de tus enemigos está vacía y la  rosa es tuya, ¡pero vos seguís como enquistado en una  terquedad sin belleza y sin sentido! Aquello que antes te  robaban y te negaban ahora es tuyo, ¡todo! Hacéte una  recorrida: desde el quebracho de Charata —que está casi  en el trópico— hasta las ballenas de Ushuaia, ¡y todo es  tuyo! Zonzo. ¿No ves que todo es tuyo, que todo es tuyo  y, además, es gordo?

Porque aquí todo es gordo. La tierra,  la dimensión, los tres climas, las frutas así de grandes,  los cereales así de altos, ¡todo es gordo! Menos yo,  todo es gordo.

Tenés una provincia, y es tan grande como  España entera.

Tenés otra provincia y es más grande que  Italia entera.

La nuestra, la tuya, es una geografía lujosa,  una geografía abundante.

Y las tuyas y las mías y las  nuestras no son extensiones secas y estériles, sino tierras  de milagro, tierras a las que les das una semilla y te devuelven un monte. ¡Tierras donde dejás caer un pucho  y a la tarde ya hay un árbol de boquillas! Tierras que  transpiran jugo, tierras a las que vos te agachás y oís  crecer el pasto. Claro que antes crecía y lo escuchaban  nada más que los de afuera.

Pero ahora el trigo, el maíz  o la ipecacuana cantan la ópera para vos. ¡Esto quiero  que comprendas! Para esto quiero que pienses. Para esto  necesito que quiebres la cáscara de tu terquedad.

¡Pensá  en una patria subdividida y administrada por tenedores  de libros que subían el cuatro y bajaban el nueve en todos  los idiomas, menos en el tuyo; pensá en esa misma  patria ahora contabilizada con números criollos!

Mirá,  una vez, hace veinte y tantos años, hice un viaje a la Patagonia,  que queda en el sur. Te hago la aclaración por las  dudas, porque durante mucho tiempo los argentinos no  supieron dónde quedaba la Patagonia —¡los extranjeros lo sabían perfectamente, pero los argentinos no!—. Al  sur, ¿sabés? íbamos navegando y el barco se aproximaba  a la costa cuando vi una franja obscura sobre ella, que  yo creía un acantilado. Pero no. El capitán me aclaró:  «No, Discépolo. ¿Cómo acantilado? Lo que usted ve es  la lana que apilan antes de seleccionarla para el embarque  ». «¿Todo eso es lana?» «¡Todo!» ¡Y era cierto, sí!  Era lana. Todo lana. Y detrás de esa nube —¡de esa nube…  gorda!— estaban los carneros, apurados en hacerse  crecer la lana para la próxima esquila, y las ovejas,  también preocupadas por no quedarse atrás frente a  los carneros y a los consorcios que las vigilaban. ¡Lana!  ¡Meta lana! ¿Y para qué la daban sino para que se la  llevasen a donde había resuelto llevarla gente que no era  tuya y que te hacía dormir a vos, el dueño de tu lana, en  un colchón de estopa o en la tierra? ¡Claro, yo no te echo  la culpa a vos!

Éramos una factoría, y aquel sobretodo  afeitado de las ovejas y de los carneros serviciales se  perdía estúpidamente en una exportación pirata. ¡No, no; yo no te echo la culpa a vos! La única culpa tuya era  no pensar entonces; ¡es no pensar ahora! ¡Pensá, entonces!  Pensá en aquella fruta fabulosa de Río Negro que  viajaba al extranjero y la traían de regreso a un precio  de lujo envuelta en un papelito de seda. ¡Lindo el papelito!  Celeste el papelito, verde el papelito. ¡Caro te costó  el papelito! Y no la querés entender. Pensóen todo eso,  sentí el despertar de esta patria maravillosa, y en vez  de ser lo que sos: un terco, sé lo que tenés la obligación de  ser: ¡un agradecido! Contemplá el desfile de los pomelos  que van a tu casa para darte la vitamina C, miró los  novillos que hacen cola para entrar gloriosamente en el  centro de tu apetito.

Asimilá la estupenda, la incomparable,  la rescatada riqueza de tu patria y después no me  digas que seguís teniendo motivos o pretextos para ser  terco.

Y si lo seguís siendo, lo serás de labios para afuera.  Lo serás porque querés mantener obstinadamente tu  actitud inútil. ¿Pero adentro? Adentro, ¡yo sé que estás  conmigo! ¡Bah!…

¡A mí no me la vas a contar!

 

Enrique Santos Discépolo

Fuente:   Pienso y digo lo que pienso 

 

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