61Sobre La Paz….

‪#‎MemoriayDesierto‬

Un resumen de los tiempos que vivimos ilustrado con caricaturas.. Desde los presocráticos, aparece ya una oposición que ha dado bastante juego en la Historia de la filosofía: Parménides suele caracterizarse como un irenista (realidad estática, ser impasible…), mientras que a Heráclito nos solemos referir como un polemista, en la medida en que la contradicción y la lucha son, para él, las claves explicativas de la realidad. A esta oposición entre una realidad “en paz” y la realidad “en guerra” que describió Heráclito, le han sucedido multitud de reflexiones sobre la paz y sobre la guerra. Muchos de los textos clásicos (tanto griegos como latinos) son tratados militares: desde descripciones milimétricas de las guerras, a consideraciones estratégicas. La guerra ha sido, sin duda, uno de los temas a los que el hombre más tiempo y esfuerzo ha dedicado. El clásico “si quieres la paz, prepara la guerra” ha estado presente, no sólo en el orden del pensamiento, a lo largo de todas las épocas, no sólo en pensadores, sino en la realidad política mundial. Démosle hoy la vuelta a la tortilla, y acerquémonos a su opuesto: la paz.

Frente al argumento del poder y las armas para imponer la paz, la filosofía se propone como medio real y eficaz para tal fin.
¿Pero es que aún existe la filosofía? Se preguntarán muchos de ustedes. La filosofía es el análisis de lo que es, de la entidad real de las cosas y las relaciones; y por ello, desentrañada y olvidada, la filosofía es argumento para la promoción de la paz desde la paz.
El recurso a la violencia para establecer la paz ficticia mediante una estructura de relaciones de dominio, se ha mostrado en la historia como un medio a la larga ineficaz para establecer una paz duradera, porque las relaciones de dominio, de por sí, coartan la libertad, pasión humana que hasta ser restablecida genera la una gran inestabilidad social.


La moderna sociología de los hechos consumados y la paz efímera se choca de frente con un siglo XX, el más sanguinario de la historia humana. Quienes han asumido las diversas formas de monopolio del poder para construir la paz estable han originado los mayores atentados a la paz conocidos en la historia. Marxismos y fascismos predicando liberación, paz y justicia han originado represión, guerra y muerte.
La paz sólo puede ser instaurada por el establecimiento de las relaciones de justicia entre los ciudadanos de los diversos pueblos, y para desentrañar la verdadera naturaleza de lo que en verdad corresponde a las relaciones de justicia se precisa cada día más el auxilio de la filosofía social.

Hacer filosofía primordialmente es poner al hombre frente a su responsabilidad intelectual para interpretar el mundo, su naturaleza, la entidad de los seres, sus relaciones… La filosofía es la ciencia que propugna desentrañar la verdad que se esconde tras de cada acción de la naturaleza, y desde ahí elaborar criterios para construir las relaciones sociales en el marco de la justicia. En la medida que el hombre se inhibe del análisis de las condiciones de verdad de la realidad que le rodea, y decide sólo en función de su interés o conveniencia, contribuye al progreso de la inercia del poder, que se constituye garante de esos intereses.
En los últimos tiempos se ha desentrañado la evidencia de que la garantía para la paz que supone la democracia lo es en función de los valores que desarrolla la sociedad. El mero sistema de representación, como estructura, garantiza el ejercicio del poder por las mayorías, pero ello no impide, como se ha demostrado en la historia reciente, el que triunfen mayorías que para la defensa de sus intereses apuestan por actitudes violentas de represión y dominio.

El verdadero proyecto de construcción de la paz no puede sino sustentarse en la asunción personal de valores, lo que no es socialmente posible sin una cultura de los valores y sin una educación en los valores de solidaridad que construyan relaciones de servicio y justicia entre los ciudadanos.
El análisis de lo que una actitud tiene de valor no puede desentrañarse sino de una prospección filosófica, que aflore las condiciones de verdad que esa actitud presenta y la naturaleza de las relaciones en que debe realizarse.

Retomar para la educación la perspectiva de la responsabilidad del comportamiento de cada ciudadano y no la sumisión a las decisiones de los grupos de poder es otro de los factores que favorecen a la paz e incomoda a los partidarios de las estructuras de dominio. El divorcio entre la racionalidad del hombre crítico y la sumisión a los dictados sociológicos es una realidad cada día más evidente en los sectores culturalmente más desarrollados.
La propaganda sociológica que pretende caracterizar las actitudes de las personas se muestra como uno de los medios más contundentes sobre la libertad de la conducta humana. Cuando estos mensajes llevan implícitos el recurso o la justificación de la violencia o de cualquier actitud de dominio de clase o grupo, si las personas a quien van dirigidas no cuentan con el recurso de criterios filosóficos básicos, con dificultad podrán discernir sobre la repercusión de los mismos en las relaciones sociales y por tanto sobre la construcción de la paz.

Es casi un lugar común distinguir dos tipos de paz, y así lo recoge nuestro diccionario: el “no estar en guerra” y la “pública tranquilidad y quietud de los estados”. En la primera acepción habría una paz “negativa“, que puede ser incluso tensa y conflictiva. Baste acordarse de la guerra fría. En el segundo, hay un sentido más positivo: no sólo existe la ausencia de agresión, sino la voluntad de entendimiento y concordia. Este sentido sustantivo es el que aparece en textos kantianos clásicos como La paz perpetua o Idea de una historia universal con propósito cosmopolita. Quizás menos fundamentada y justificada, es esta la idea que nos viene a proponer la alianza de civilizaciones. Una paz duradera, construida sobre la convivencia armoniosa de las gentes y sobre su aceptación de la diversidad cultural. Una paz, en cualquier caso, bastante más sólida que la anterior. Una paz, podríamos decir, escrita con mayúsculas.

El problema de esta Paz con contenido es que quizás sea demasiado ingenua, idealista. La otra, aquella paz negativa y “posibilista” es mucho más realista. Se vive en paz, sí, cuando no existen posibilidades de agresión. ¿Acaso es esto una garantía de que esas posibilidades tampoco vayan a darse en el futuro? La respuesta es tan rotunda como realista: no. Y las pruebas a lo largo de la historia son tantas como tratados firmados. La paz posible y real no coincide fácilmente con esa paz ideal que aparecía antes, con esa disposición de los pueblos a la convivencia y ese compromiso a no utilizar la violencia como medio de solucionar los confilctos. ¿Con cuál de las dos nos quedamos? ¿Estamos hablando de lo mismo cuando utilizamos la palabra “paz”? ¿Pueden tener diferentes interpretaciones políticas, a tenor del significado que se le da a esta palabra en los últimos tiempos? ¿Cómo es posible que los diferentes partidos políticos no se pongan de acuerdo en el significado de esta palabra? Fijémonos en cómo se oscurece todo si añadimos conceptos que se han manejado en la última década: guerra justa, guerra prenventiva, conflicto armado, proceso de paz, misión de paz… Hay que ver lo difícil que es ser pacifista sin una reflexión previa…

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