Una voz que viene de lejos, ¿acaso una “voz interior”, como la definió la propia María Zambrano en su libro Claros del bosque? Palabra que “no nace con el destino de ser dicha y se queda así, lejos, remota, como si nunca fuese a volver”. Esto es: voz íntima cuyo sino, más que la comunicabilidad, pareciera ser el propio disfrute de pronunciarla; palabra autónoma cuya finalidad es existir, por encima, incluso, de la comunicación de la idea, por encima de cualquier otra eventualidad que no sea la de ser. No importa qué tanto podamos vislumbrar a través de esa palabra interior; o, mejor dicho: mucho más que lo que podamos llegar a entender de ella, importa dejarnos deslumbrar o desconcertar por ella.



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