Todo lo que concentra al hombre, llamándole a elevada contemplación en el santuario de su alma, contribuye a engrandecerla, porque le despega de los objetos materiales, le recuerda su alto origen y le anuncia su inmenso destino. En un siglo de materialismos,de goces, de placeres, en que todo parece encaminarse a no desarrollar las fuerzas del espíritu, sino en cuanto pueden servir a regalar el cuerpo, conviene que se renueven esas grandes cuestiones, en que el entendimiento divaga con amplisima libertad por espacios sin fin.

Solo la inteligencia se examina a sı misma. La piedra cae sin conocer su caída; el rayo calcina y pulveriza, ignorando su fuerza; la flor nada sabe de su encantadora hermosura; el bruto animal sigue sus instintos, sin preguntarse la razón de ellos; solo el hombre, esa frágil organización que aparece un momento sobre la tierra para deshacerse luego en polvo, abriga un espíritu que, después de abarcar el mundo, ansia por comprenderse, encerrándose en si mismo, allí dentro, como en un santuario donde el mismo es a un tiempo el oráculo y el consultor.

Quien soy, que hago, que pienso, porque pienso, como pienso, que son esos fenómenos que experimento en mi por que estoy sujeto a ellos, cual es su causa, cual el orden de su producción, cuales sus relaciones: he aquí lo que se pregunta el espíritu; cuestiones graves, cuestiones espinosas, es verdad; pero nobles, sublimes, perenne testimonio de que hay dentro de nosotros algo superior a esa materia inerte, solo capaz de recibir movimiento y variedad de formas; de que hay algo que con su actividad intima, espontanea, radicada en su naturaleza misma, nos ofrece la imagen de la actividad infinita que ha sacado el mundo de la nada con un solo acto de su voluntad.

J. Balmes, Filosofía Fundamental, I, cap. 1 y 4). La cuestión del saber.

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