A fuerza de reiteración uno puede acabar asumiendo prácticamente cualquier cosa. Ocurre como con las palabras; si las repetimos tanto no solo cansan sino que acaban perdiendo su significado original y pasan a designar incluso lo contrario. Así sucede con términos y conceptos como socialismo, democracia, voluntad popular y soberanía.
Tremenda paradoja en un mundo en el que un día palidecimos ante la tragedia de Haití y hoy ya no nos interesa; se nos revolvió el estómago con la hambruna y la catástrofe humanitaria en Somalia y ahora tragamos con las imágenes sangrantes de las moscas y los vientres abultados sin que se nos derrame el café; se nos arrugó el alma ante la guerra en directo y los conflictos bélicos se han multiplicado mientras que el pueblo sigue pagando su cuota de horror y sangre y sostiene a los dictadores públicos y privados; asistimos el 11-S a la globalización del terror y enterramos nuestra conciencia y nuestra ideología bajo las toneladas de escombro de un sistema colapsado. Si empezamos a admitir que un horror es un horror, al fin y al cabo la tragedia se suaviza, pierde su dramatismo ante la cotidianeidad. Ya no horroriza ni mueve la conciencia. 

Que uno se acostumbra, eso es lo malo. Y esa relativización equipara el dolor y la muerte al gesto de prender un cigarrillo o cambiar de canal en la tele cuando llegan los anuncios. Creemos que la vida no es así, como el simple mecanismo de un mando a distancia, pero nos equivocamos. Por eso, el mercado, el capital, el dinero y otros poderes fácticos, que crecen y se multiplican a la sombra de la corrupción y la codicia, no se cansan de repetir cansinamente el mismo mensaje que mantiene con vida un modelo social que agoniza. Imponen sus reglas a cualquier precio y nos someten atemorizándonos con el fantasma de la crisis, la recesión, el sacrificio y la renuncia. No nos llega la camisa al cuerpo y no podemos ni siquiera indignarnos porque cualquier queja se interpreta como rebelión y cualquier idea de igualdad o derechos resulta a la postre subversiva para el pensamiento único. Sin embargo, la democracia requiere su propio pensamiento libre, un espíritu crítico capaz de fortalecer la voluntad para decir no y la conciencia para llamar a las cosas por su nombre, aunque este ejercicio de libertad no agrade a los que se aúpan sobre la indignidad y el desprecio a los principios éticos. No obstante, el ser humano es dueño de su destino y está llamado a construir el futuro sin depender de circunstancias ajenas a su libre albedrío o a su condición y naturaleza. Esa repetición machacona de una realidad adversa, de la que se nutren los enemigos de la libertad con la complicidad de los políticos y de los medios de comunicación, no refleja lo que ocurre ni denuncia los abusos del poder o las injusticias del sistema, los desequilibrios y las desigualdades; no persigue la integración porque excluye y margina. No informa porque manipula y reduce la palabra y el pensamiento a la propaganda y la demagogia. ¿Por qué debemos depositar nuestra confianza en los mercados que carecen por principio de ideología y de conciencia social? Nuestro compromiso irrenunciable es con la libertad y la dignidad y debe juramentarnos en la sagrada misión de detener el alarmante retroceso democrático al que nos condena el capitalismo salvaje e incívico. Lo que mueve y arrastra el mundo no son los mercados sino las ideas. La realidad es sólo la percepción que se tiene de la realidad. Frente al poder de la palabra, el gran derrotado es el silencio. En palabras de Paolo Sorrentino, los hombres se dividen en dos categorías: los que se ponen cómodos. Y se pudren. Y los otros. Yo formo parte de los otros.   



Manuel Domínguez Moreno
Publicado (by Aplieob.POPLITICA_INTERNACIONAL)

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